martes, 31 de mayo de 2016

De rivalidades....


Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero había que estar esos días en Rosario para entender la cosa, mi viejo, que hablar ahora habla cualquiera. Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos “turros” que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando a gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas?.... Ahora son todos piolas, ahora es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con la cosa de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.
Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos “turros” cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar! Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío.

Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado. Estaba Zanabria, el “Marito” Zanabria; el “Mono” Obberti ¡Dios querido, el “Mono” Obberti, qué jugador! Silva el que era de Lanús, el albañil. ¡Montes! Montes de cinco; Santamaría el “Cucurucho” Santamaría, qué sé yo, era un equipazo, un equipazo hay que reconocer, y la lepra se corría una fija. ¿Sabés cuántos había en la ruta a Buenos Aires, el día del partido? Yo no sé, eran miles, millones, yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. Si son cuatro locos y de golpe, para ese partido, aparecieron como hormigas los desgraciados. Todos fueron. ¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces, oíme, había que recurrir a cualquier cosa. Hay partidos que no podés perder, tenés que ganar o ganar. No hay tutía. Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que había que hacer cagar al presidente Kennedy, me daba lo mismo, hermano. Hay partidos que no se pueden perder. ¿Y qué? ¿Te vas a dejar basurear por estos soretes para que te refrieguen después la bandera por la jeta toda la vida? No, mi viejo. Entonces, ahí hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo ¿viste?.... tu vieja, por ejemplo, que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia ¿viste? Y te digo, yo esa vez no fui a la iglesia, no fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos, que si no... te aseguro que me confesaba y todo si servía para algo. Pero con los muchachos enganchamos con la cuestión de las brujerías, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Ñubel y de todas esas cosas que siempre se habla. Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con camiseta de Ñubel clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja que no manya mucho del asunto tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de ésos de “Pilato, Pilato, si no gana Central en River no te desato”. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella, pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale, pero yo le decía que sí para no desilusionarla a la vieja.

Pero todo el tema de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales, ya había tipos que lo estaban haciendo y además, el partido era en el Monumental y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con treinta cadenas y no te saca ni Dios después, hermano. Entonces, me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero. Yo iba a llevar, por supuesto, el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos y no me había fallado nunca el gorrito. A ése lo iba a llevar, era un gorrito milagroso ése. El “Coqui” iba a ir con el reloj cambiando de lugar, o sea en la muñeca derecha y no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo porque íbamos perdiendo y con eso empatamos. O sea, todo el mundo repasó todas las cábalas posibles como para ir bien de bien y no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de “Michi” decía que él había estado detrás del “Valija” y el “Miguelito” porfiaba que el que había estado detrás del “Valija” era él. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido, para que veas cómo venía la mano en esos días. ¿Y sabés qué te lleva a eso, hermano, sabés qué te lleva a eso?. El cagazo, hermano, el cagazo, el cagazo te lleva a hacer cualquier cosa, como lo que hicimos con el viejo Casale.

Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo, nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro, no podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Te juro que si perdíamos nosotros agarrábamos el “Ciudad de Rosario” y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre, pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mí viejo. Ya el “Miguelito” había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola y te digo que el “Miguelito” es capaz de eso y mucho más porque es loco el “Miguelito”, así que había que creerle. O hacerse puto, no sé quién había comentado la posibilidad de hacerse trolo y a otra cosa mariposa, darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa. Pero, te digo, nadie quería ni siquiera sentir hablar de esa posibilidad. Ni se nombraba la palabra “derrota”. Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen “la papa”, o “tiene otra cosa”, “algo malo”, pero el cangrejo, mi viejo, no te lo nombra nadie. Y ahí fue cuando sale a relucir lo del viejo Casale.

El viejo Casale era el viejo del “Cabezón” Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo, lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos de que un día, en la casa del “Cabezón”, el viejo había dicho que él nunca, pero nunca, lo había visto perder a Central contra Ñul. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio vos te preguntas, “¿Cómo carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Ñul? ¿Qué mierda hizo? Este coso no va nunca a la cancha”. Porque, oíme alguna vez lo tuviste que ver perder, a menos que no vayás a. los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así, que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida. Y me acuerdo que le preguntamos eso al viejo y el viejo nos dijo que no, y nos explicó. El iba siempre, un fana de Central que ni te cuento, pero se había dado, qué sé yo, una serie de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Ñul él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo. Que estaba de viaje por Misiones —el viejo era comisionista—; que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar, que estaba engripado, que le dolía un huevo, qué sé yo, en fin, la verdad, hermano, que el viejo la posta posta era que nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos hubiera roto el orto. Era un privilegiado el viejo y además, un talismán, querido, porque así como hay tipos mufa que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto que tu equipo gana. No es joda. Y el viejo Casale era uno de éstos, de los ojetudos.

Entonces ahí nos dijimos “Este viejo tiene que estar en el Monumental contra Ñubel. No puede ser de otra forma. Tiene que estar”... Claro, dijimos, seguro que va a estar, si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda ¿viste? porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo, te digo más, desde que el “Cabezón” se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver ni en la cancha, ni en la calle ni en ninguna parte. Además, el viejo ya estaba bastante veterano porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus sesenta, sesenta y cinco años los tenía por debajo de las patas.

Entonces, con el “Valija”, el “Colorado” y el “Miguelito” decimos “vamos a la casa del viejo a asegurarnos que va y si no va lo llevamos atado”. Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué sé yo. Nosotros ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, una kermesse, cualquier cosa. El viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y... ¿a qué no sabés con lo que nos sale el viejo?....que andaba mal del bobo y que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha, mirá vos. Nos sale con eso. Que no. Que había tenido un infarto en no sé qué partido, en un partido de mierda después que una pelota pegó en un palo, que había estado muerto como media hora y lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el “cuore”, que no había clavado la guampa de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a la cancha desde hacía ya, mirá lo que te digo, dos años. ¡Hacía dos años que no iba a la cancha el viejo ese! Y no era sólo que él no quería ir sino que el médico y, por supuesto, la familia, le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, no sé si no se lo prohibían, para que no le pateara el bobo, porque parece que el viejo escuchaba un pedo demasiado fuerte y se moría, tan jodido andaba. Vos le hacías ¡Uh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! Te imaginás nosotros, la desesperación, porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno, hermano, era un preanuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires, mi viejo. Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo, a convencerlo, a decirle “Pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal usted del “cuore”, si se lo ve cero kilómetros! Vamos, don Casale —me acuerdo que lo jodía “Miguelito”— ¿cuántos polvos se echa por día? usted está hecho un toro”. Pero el viejo, ni mierda, en la suya. Que no y que no. Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Ñubel tenía un equipo de mierda y que ya a los quince minutos íbamos a estar tres a cero arriba, que el partido era una mera formalidad, que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé, no sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. Pero el viejo nada, una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, madre del “Cabezón”, y una hermana del “Cabezón”, que querían saber qué carajo queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión, porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno.

En resumen que el viejo nos dijo que no, que ni loco, que ni siquiera sabía si iba a poder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, aun sin escucharlo. Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era, y sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo más. “Ese día —nos dijo— bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego”. No quería escuchar ni los bocinazos el viejo. “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a mi hermano le importa un sorete el fútbol, y me paso el día ahí, sin escuchar radio ni nada”. Porque el viejo decía y tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír, pobre desgraciado, y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar en la quinta de ese hermano que tenía, para borrarse del asunto.

“Muy bien, muy bien”. Te digo que salimos de allí hechos bosta porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi era ya un dato seguro como para decir que éramos boleta. Para colmo, al “Valija”, el día anterior le había caído una tía del campo y él se acordaba que, en un partido que perdimos con San Lorenzo, esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía. Fue cuando decidimos lo del secuestro. Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos muy seriamente. El “Dani” decía que no, que era una barbaridad, que el viejo se nos iba a morir en el viaje, o en la cancha, y después se iba a armar un quilombo que íbamos a terminar todos en cana y que, además, eso sería casi un asesinato. Pero al “Dani” mucha bola no le dimos porque ha sido siempre un exagerado y más que un exagerado, medio cagón el “Dani”. Pero nosotros estábamos bien decididos y más que nada por una cosa que dijo el “Valija”: el viejo estaba diez puntos. Había tenido un infarto, es cierto. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos los ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse adentro de un ropero, o no ir a la cancha, o dejar que te rigoree la familia como la esposa y la otra, la hermana del “Cabezón”.

Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros pero unos turros que se ve que lo querían hacer durar al viejo mil años para sacarle guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el “Miguelito” y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno. Con casi sesenta afios no te digo que parecía un pendejo pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, qué sé yo, se movía. ¡Chupaba! Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita, no te digo un vasazo pero su medidita se mandó. La cosa es que el “Miguelito” elaboró una teoría que te digo, aún hoy, no me parece descabellada. ¡El viejo era un curro, hermano! Un turrazo que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el sover del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey y —la tenía a la vieja y a la hermana del “Cabezón” pendientes de él —viviendo como un bacan, el viejo. Y... ¿de qué se privaba? De algún faso; que no sé si no fasearía escondido; y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco el otario. Bueno, con ese argumento y lo que dijo el “Colorado” se resolvió todo.

El “Colorado” nos habló de los grandes ideales, de nuestra misión frente a la sociedad, de nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que, para nosotros y eso era verdad, iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados, que habíamos tenido lo nuestro y que, de últimas, teníamos experiencias en malos ratos y fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, ésos, iban a tener de por vida una marca en sus vidas que los iba a marcar para siempre, como un fierro caliente. Que las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela, los iban a destrozar, les iban a pudrir el bocho para siempre, iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa, disminuidos ante los leprosos, temerosos de salir a la calle o mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano, porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo.

Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el Parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el “Colorado” Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita, y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de los lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son muy crueles. ¿No viste cómo descuartizan bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas? Son unos hijos de puta los pibes en ese sentido. Y lo que decía el “Colorado” era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno, hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa, que por la cagada de cuatro reverendos hijos de puta que empeñaron el país, la tenemos que pagar todos y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido.

Además, como decía el “Colorado”, ya no era el problema de la cargada de los pendejos futbolistas, está también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo, son así, casquivanos. Son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Ñubel y... ¡a la mierda! ... de ahí en más todos los pibes se hacían de Ñubel, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarles del Gitano Juárez o el Flaco Menotti, ni comprarles la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que sale River campeón y son de River. Son así. Y en ese momento no era como ahora que, mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces, cuando van al chiquero del Parque, por mejor equipo que pueda tener Ñul, los pibes piensan “Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria” y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos y vos ves que ahora los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Ñul y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época, los pendejos son más materialistas, yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara, había que secuestrar al viejo Casale, o sino aguantarse que quince, veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos nacidos después de ese partido, y esto hoy ¿sabés lo que sería? Beirut sería un poroto al lado de esto, hermano te juro.

El que organizó la “Operación Eichmann”, como lo llamamos, fue el “Colorado”. La llamamos así por ese general alemán, el torturador, que se chorearon de acá una vez los judíos ¿viste? y lo nuestro era más o menos lo mismo. El “Colorado” es un tipo muy cerebral, que le carbura muy bien el bocho y él organizó todo. El “Colorado” ya no estaba para ese entonces en la O.C.A.L. La O.C.A.L., no sé si sabés es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, O.C.A.L “Organización Canalla Anti Lepra”. Son un grupo de ñatos como el Ku-Klux-Klan, más o menos, que se reúnen en reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones, o si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro, lo que tenés que hacer es odiar a los lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central. Hacen reuniones, escriben el libro de actas, piensan maldades contra los lepra, festejan fechas patrias de partidos que les hemos ganado, tienen himnos, son como esos tipos los masones esos, que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas. Bueno, de la O.C.A.L., de la O.C.A.L. al “Colorado” lo echaron por fanático, con eso te digo todo pero es un bocho el “Colorado” y él fue el que organizó todo el operativo.

Y te la cuento porque es linda, te la cuento porque es linda, no sé si un día de estos no aparece en el “Selecciones” y todo. Averiguamos qué ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al mil cuatro cientos, lo único que lo dejaba en ese entonces, si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis-Paraguay o San Luis-Corrientes, no más allá de eso a menos que fuera muy pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño que no sé para qué mierda iba a hacer eso. Ahora, la duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto, porque si se iba en auto nos recagaba, pero nos jugábamos a que se iba a ir en ómnibus porque auto no tenía y seguro que el hermano tampoco tenía porque debía ser un muerto de hambre como él, seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien temprano para no infartarse con las bocinas o sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestra para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego porque después ¿cómo llegábamos nosotros a Buenos Aires para la hora del partido con el quilombo que era la ruta y en un ómnibus de línea? Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Y por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires o sea que la cosa estaba clavada, era posta posta.

Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al “Rulo” no nos costó nada, a él le daba lo mismo y, además, le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el “Colora” manejó la cosa como un capo, un maestro. El asunto era así, el “Rulo” es un fana amigo de Central que tiene un par de ómnibus, está muy bien el “Rulo”. Y en esa época tenía un par de coches en la línea 305. Fue un ojete así de grande, porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué sé yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el “Rulo” tenía dos 305 y con uno de ésos ya tenía pensado pirarse para el Monumental el día del partido y más bien que se llevaba como mil monos que también iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió, no iba a perderse el partido ese.

Entonces, el “Rulo”, con los monos arriba Y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha, por España, estacionado. Y el “Miguelito” se ponía de guardia, tomando un café, justo en un boliche de ahí cerca desde donde veían la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco, nomás, de la matina, ya estaba el “Miguelito” apostado en el boliche haciéndose el boludo y junando para la casa del viejo. Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla.

Apenas vio que salía el viejo con una canastita donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso, el pobre viejo, el “Miguelito” cazó una Vespa que tenía en ese entonces, dio la vuelta a la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha. Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pendejos, de esos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sotas, que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulover, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto. Te digo que el día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además, el quilombo había sido guardar y esconder todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta que medía 52 metros ¡52 metros, loco! Media cuadra de bandera que decía “Empalme Graneros presente” y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la vichara. La cosa es que el viejo subió medio dormido y se sentó en uno de los asientos de adelante que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. “Rulo” le cobró boleto y todo. Y nadie se hablaba como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla. La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza como diciendo “¡Mirá vos!”.
Se ve que tenía unas ganas de hablar pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de ésas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus hermano. Como cuando se muere algún ñato ¿viste? que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero, cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al “Rulo”….. “En la esquina, jefe.”. Y yo no sé qué le dijo el “Rulo”, algo de que ahí no se podía parar, que estaba cerrado el tráfico, que había que seguir un poco más adelante y el viejo se la comió, pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, por supuesto, de nuevo el viejo, “En la esquina”. Ahí ya el “Rulo” nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano... ¡vos no sabés lo que fue eso! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por la ventana, y a los gritos, hermano, “¡Soy canalla, soy canalla!” por las ventanas.

Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo, que la cara que puso no te la puedo describir con palabras, sino para afuera, porque los grones, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí sin gritar ni armar quilombo para no deschavarse con el viejo, pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos y golpear las chapas del costado del ómnibus y también el “Rulo” empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los choros van a asaltar una carreta donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, de bocinazos, cornetas, una joda. ¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar, eso, conmovedor, te saludaban, gritaban, levantaban los puños, por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo... Pero vuelvo al viejo, el viejo, no sabés la caripela que puso. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos: éste es el momento crucial. Ahí el viejo o cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y cantaban y no lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular palabra. Te digo que el “Rábano”, el hijo de la Nancy ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto porque, qué sé yo, te da un poco de asco, además con un viejo. Pero mirá, te la hago corta. Mirá, cuando el viejo ya vio que no había arreglo, que no había posibilidad de que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó, pero se entregó entregó. Porque, al principio, nosotros nos acercamos y nos reputeó, nos dijo que éramos unos irresponsables, unos asesinos, que no teníamos conciencia, que era una verguenza, qué sé yo todo lo que nos dijo. Pero después, cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto, que estaba hecho un toro, que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese “cuore” se podía bancar cualquier cosa, empezó a tranquilizarse. El “Colorado” llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.

Mirá hermano, y creéme porque es la pura verdad ¿qué intención puedo tener en mentirte, hoy por hoy? mucho antes ya de entrar en Buenos Aires ese viejo era el más feliz de los mortales, te lo digo yo y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía facturas, gritaba por la ventana y a la cancha se bajó envuelto en una bandera. No había, en la hinchada, un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu y se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió y después se bancó el partido. Estaba verde, eso si, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo, yo lo busqué, lo busqué porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas. Pero después miré para el lado del viejo y lo vi abrazado a un grandote en musculoso casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Qué si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refocilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé que tenía el flaco Menotti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario.

Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo. Y ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me, gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante! Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos; “¡qué importa!” ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

jueves, 26 de mayo de 2016

Final de la Champions 2016




Vivo sin vivir en mí,
y tan complicado se ha vuelto esto,
que ya no sé quien quiero que gane,
y hasta triunfos colchoneros deseo.

Estoy pensando seriamente en ir a visitar a un médico alienista. Con lo complicado que se está volviendo el fútbol, me he visto en un plazo breve de tiempo deseando que los quinquis del ex-filial eliminaran al por mí siempre admirado Bayern, dudando sobre si en el final de liga al fin y al cabo no me importaba que la ganara el Madrid, deseando una victoria del Liverpool por culpa de Emery (soy más bien de la línea Everton), anhelando horas después un triunfo de Emery sobre los culés...

Y ahora esto: una final de Champions en la que quiero que gane un equipo que me cae mal y un entrenador que me parece un indeseable... que por otra parte juzgo admirable como técnico.

Esto es un sinvivir, un continuo replantearse filias y fobias que uno creía fuertemente arraigadas.

No debo ser el único en este antro. Por no hablar de los hermanos de Manchester: sus respectivos equipos van a estar entrenados por dos sujetos que, cada uno en su estilo, estoy convencido que no son precisamente santos de su devoción.

¡Qué complicado es esto!

jueves, 12 de mayo de 2016

Gurpegui se corta la coleta




 
Antiguamente los toreros presumían de serlo también fuera de la plaza, y era normal que se les identificara a la legua en cualquier ambiente por su vestimenta, su forma de ser y estar, y su coleta. Esa coleta cuyo corte, generalmente en público, simbolizaba su retirada de los ruedos.
Con la modernidad los toreros prescindieron la coleta y la sustituyeron por un pequeño añadido artificial de quita y pon que cumple una doble función simbólica y práctica, ya que además de recordarnos la vieja coleta y usarse para el ritual de la retirada, también sirve de tope a la montera.

Dicen que el hábito no hace al monje, pero observando a algunos toreros de hoy en día cabe dudar de tal cosa, ya que parece que algunos también son toreros de quita y pon, que recuerdan su condición de tales solo cuando se enfundan en el traje de luces, lo que a veces no resulta bastante para ser lo suficientemente torero en la plaza. Claro que cabe preguntarse qué fue primero, si el huevo o la gallina: la pérdida de sensibilidad torera o la pérdida de la coleta. Dejo para otro día elucubrar si esto tiene algún paralelo con la adopción por parte del clero de la vestimenta civil, que esta entrada ya se ha apartado demasiado de su propósito inicial que no es otro que homenajear a un grande: Carlos Gurpegui.

Porque Gurpegui se retira, se corta la coleta.
Gurpegui, que nunca fue un exquisito del fútbol, que no ha deslumbrado por su clase, que no ha sido objeto de deseo de ningún otro club, que no ha tenido carrera internacional, que aparentemente no ha sido más que un jugador de club más o menos apañado. Y sin embargo…

Sin embargo aquí debe haber algo más. Los aficionados zurigorris tenemos la sensación de que se nos va algo con él. Los antiguos compañeros se amontonan para elogiarle, ex entrenadores compiten en dedicarle cumplidos que van mucho más allá de la educada corrección típica de estos casos.
¿Qué tiene Gurpegui que hace que se le quiera y se le valore tanto, con esta rara unanimidad?

Los que han tenido la suerte de convivir con él en el vestuario del Athletic hablan de su nobleza, de su integridad, de su sencillez, de su sentido del humor… Será verdad. Yo, como aficionado que no le ha tratado personalmente escucho y acepto todo eso. Pero eso no explica mis propios sentimientos, que –hora es ya de decirlo- son de afecto y admiración. ¿Qué ha sido Gurpegui para mí, que no le he tratado y que no he tenido otra relación con él que la de un espectador de su desempeño en el campo, digno, pero no especialmente destacado?
Aquí tengo que abusar de vuestra paciencia y volver al símil taurino.

Se torea como se es
La frase es un tópico del ambiente taurino. ¿Y cómo torea Gurpegui? Ambigú Press ha tenido acceso a una jugosa anécdota de la era Caparrós. Un jugador del Athletic que celebraba una despedida, no tuvo mejor ocurrencia que organizar una capea. Parece ser que fue flipante comprobar cómo se tomaron el evento los navarros (al fin y al cabo, el toreo a pie hunde sus raíces en Navarra) que debieron comportar como unos majaras, disfrutando como niños; y con Gurpegui a la cabeza. El de Andosilla demostró tener unos huevos fuera de lo normal, sufriendo múltiples revolcones, levantándose una y otra vez, y volviendo siempre a la cara del astado. Caparrós, que asistía a la capea, debía estar de los nervios con la paliza que le estaban dando a Gurpe, que sin embargo seguía y seguía…
Levantarse y acto seguido, “sin mirarse”, volver a la cara del toro, se ha valorado siempre como un gesto de valor de los toreros. Pues va a ser verdad que se torea como se es ya que esa ha sido la vida futbolística de Gurpegui: un frecuente sufrir revolcones, y un constante levantarse y volver a ponerse delante. Y otra vez. Y otra. No voy a enumerar las cosas que le han pasado, porque las tenéis en mente y no quiero manchar este recuerdo al capitán con cosas tristes. Pero eso ha sido lo que, al menos a mí, me ha cautivado de Carlos Gurpegui. Ese valor ante la adversidad, ese no rendirse ante los contratiempos, ni ante la dolorosa inquina de algunos públicos.
Abundando en esa frase taurina, parece ser que Rafael de Paula fue algo más extenso: “Se torea a compás, como se baila y se canta, a compás; pero también como se vive, o ha de vivirse, a compás”

Admiro y aprecio a Gurpegui porque ha sabido torear su accidentada vida zurigorri “a compás”, y porque parece un tipo de una pieza que también sabe vivir su vida en general “a compás”. Espero que el Athletic sepa aprovechar en un futuro no lejano ese saber vivir “a compás” de Gurpegui.
La Zopfabschneidungscorrida de Gurpegui

Bombita el día de su retirada
Cuando en 1913 Europa, con Francia y Alemania a la cabeza, se asomaban al abismo de la Gran Guerra, Poincaré (que fue sucesivamente primer ministro y presidente de Francia y encarnaba la línea dura frente a Alemania) visitó España coincidiendo con la retirada de los toros de una gran figura de la época: Ricardo Torres “Bombita”.

Cierta prensa alemana ridiculizó el viaje diciendo que los españoles estaban más pendientes de la “Zopfabschneidungscorrida” (corrida de cortarse la coleta) de Herr Bombita que de la visita de Poincaré. Exageraron tanto la trascendencia de la retirada del torero andaluz, que en un artículo de la prensa de Madrid se ironizaba con que iba a ser imposible para un español encontrase con un alemán sin que este le preguntara: ¿cómo es que está usted tan alegre? ¿es que no sabe que Herr Bombita ha celebrado su Zopfabschneidungscorrida?
El sábado espero que a la salida de San Mamés habremos conseguido la quinta plaza, pero incluso entonces no tendremos que enfrentarnos con una pregunta similar: al menos a mí se me notará la tristeza por la Zopfabschneidungscorrida de Gurpegui.

viernes, 29 de abril de 2016

Apártate, Drácula, que llevo escapulario


Este fin de semana hay partido importante en San Mamés. No es la primera vez en esta larguísima temporada que en las jornadas previas se cataloga así un encuentro. Afortunadamente, el Athletic ha disputado a muy alto nivel las diversas competiciones en las que ha participado y en todas ellas ha terminado jugando partidos decisivos, con diversa suerte, aunque siempre con muy buena actitud y competitividad. Hubo partidos de este tipo en la Supercopa, frente al Barcelona; en las previas europeas, primero, y en la clasificación de la fase de grupos, después; en la Copa, ante el Villarreal y, sobre todo, otra vez el equipo culé; en las eliminatorias de Europa League, contra el Valencia y, especialmente, el Sevilla. Faltaba el gran partido liguero de la temporada y ese será, precisamente, el que medirá el próximo domingo al Athletic con el Celta. En principio, atendiendo a la lógica de los números, las probabilidades y la razón, leones y celtiñas se estarían jugando la quinta plaza de la Liga, un puesto que al pasaporte europeo, ya conseguido por ambos la jornada anterior, añadiría el bonus de la clasificación directa, sin eliminatoria veraniega previa, para la fase de grupos de la Europa League. Pero como el futbol a veces no entiende de números, la lógica o la razón, el ganador del partido, a expensas de lo que haga el Villarreal en estas últimas jornadas, aún podría alcanzar la cuarta plaza y con ella lograr meterse en la antesala de la Champions League.


Llegan a este partido dos equipos con rachas y sensaciones muy diferentes. El Athletic, tras el frustrante quiero y no puedo ante un intratable Atlético de Madrid en San Mamés, logró la semana pasada un empate in extremis frente al Levante y aunque ese raquítico punto sirviera para certificar que la próxima temporada jugará otra vez una competición europea, dejó una pobrísima imagen en Orriols. El Celta, por su parte, llega a Bilbao con dos puntos más que el equipo bilbaíno y, lo que es más importante, inmerso en una racha de siete partidos consecutivos sin perder. Durante las últimas siete jornadas ha logrado nada menos que cuatro triunfos y tres empates. Una victoria celeste el domingo en San Mamés igualaría el fulgurante inicio de campaña de los vigueses, en el que consiguieron estar ocho jornadas invictos, con un balance de cinco victorias y tres igualadas. Parece, por tanto, que el Celta llega a este choque en un muy buen momento y que el Athletic, como mínimo, genera ciertas dudas. Desde que fue vapuleado por el Real Madrid en el Bernabeu, el equipo de Berizzo ha encontrado un más que estimable nivel de juego: si bien adolece de alguna debilidad atrás, posee una gran pegada arriba y puede permitirse disputar partidos abiertos, de ida y vuelta. El Athletic lleva toda la temporada supliendo los errores y en algunos momentos cierta debilidad defensiva (especialmente tras la baja de Laporte), con una enorme capacidad goleadora. Es uno de los equipos más anotadores del campeonato y eso también le ha permitido proponer en muchos partidos un intercambio de golpes, una estilo este en el que el equipo con más capacidad goleadora tiene todas las de ganar. El problema para los de Valverde es que en este tramo final de la temporada ha sufrido varias lesiones que ha mermado considerablemente sus prestaciones ofensivas. En los últimos tres partidos, ante Málaga, Atlético de Madrid y Levante, la ausencia, sobre todo, de Aduriz ha dejado un equipo bastante plano en ataque. En algunos de estos partidos se ha conseguido marcar, pero la sensación de falta de recursos mientras el delantero donostiarra ha causado baja ha sido muy preocupante. No obstante todas las consideraciones precedentes, no todo será positivo para el equipo gallego: podrá llegar a San Mamés en una fase de buen juego, de mejores resultados y pletórico de ánimo, pero es que el Athletic recupera a su delantero de referencia y máximo goleador.


Hay aspectos que rodean el futbol que no tienen una explicación razonable. Uno de ellos es que hay equipos que tienen en algunos jugadores muy concretos sus auténticos verdugos. Son como algos así como la kriptonita para Superman o una ristra de ajos para los vampiros. Cualquier aficionado zurigorri que escuche nombres tales como Penev, Raúl o el más reciente Griezmann rápidamente los asociará con la expresión bestia negra. Esto es, nos referimos a ese jugador que uno sabe que, haga lo que haga durante el partido, acabará indefectiblemente marcándote algún gol. De todos los jugadores que actualmente están en la Liga, la mayor bestia negra del Celta es Cristiano Ronaldo. Tras el portugués, el siguiente en la lista del terror celeste es Aritz Aduriz. La mala noticia para el equipo céltico es que el próximo domingo en San Mamés, a las doce de la mañana, con el arbitraje del colegiado catalán Estrada Fernández, en la delantera del Athletic estará Aduriz. Así que... mensaje para un Celta imbatido y muy crecido: apártate, Drácula, que llevo escapulario.

jueves, 28 de abril de 2016

La gota malaya o como la demagogia se adueña de El Correo

JOL hoy sea propuesto darle una torta a Urrutia en el papo de las finanzas del Athletic. Ofensiva brutal para poner los palcos VIP en el disparadero y forzar al GV a actuar contra el Athletic.

Trabaja además a destajo: firma un segundo artículo para calentar el ambiente con el asunto de la ampliación de la grada de animación hacia el bloque 109.

Una ofensiva en toda regla. Me ha recordado a la campaña antiClemente que lanzó su nada ínclito predecesor Pako Crespo por un problema personal. O remontándome más en el tiempo, al acoso y derribo contra Ronnie Allen por intentar poner orden en algunas costumbres de la prensa local de entonces.

En esos casos las víctimas fueron los entrenadores (y por supuesto el Athletic); ahora es la Junta Directiva que se atrevió a derrotar a su querido García Macua y su halo de conseguidores de entradas, amañadores de sorteos y encarecedores de traspasos. Asuntos de mucha más trascendencia que lo de qué bebidas y cuando se sirven en los palcos VIP y que los "apenas quince" recalcitrantes del bloque 109, y que sin embargo nunca merecieron una crítica de su acerada pluma.

Esta burda campaña fruto del rencor me tiene desconcertado. ¿Es posible que el medio más importante de toda Euskal Herria se ponga de forma acrítica al servicio de las fobias personales de uno de sus muchos redactores? ¿O es el propio medio el que alienta esta campaña? En contra de esta idea juega el hecho de que sea JOL en solitario el que firma este tipo de noticias. Eso daría pie a pensar que es una guerra personal. Pero cuesta creer que se lo consientan con tanta reiteración.

Es un asunto curioso.

Me permito dar unos consejos a El Correo.

Si la campaña es iniciativa exclusiva de JOL, igual va siendo hora de que alguien la pare. No está bien que medio tan importante se deje manipular por una sola persona, creando problemas de paso a algo tan importante como el Athletic, y arrojando al mismo tiempo tanto desprestigio sobre el propio medio, porque me parece evidente que esta campaña es tan burda que ya más que oler, apesta.

Y si es cosa de El Correo, de su "línea editorial" (las comillas son porque opino que hace años que este medio está desideologizado, contrariamente a lo que creéis la mayoría, y que su ideario se puede resumir con un símbolo: €) entonces me permito rogarles que distribuyan más el juego y no le hagan cargar con todo el peso a JOL, que igual le estamos cogiendo tirria por algo que no es responsabilidad suya, y lo único que trata es de hacer su trabajo y llevarse a casa esas alubias que todos tenemos derecho a ganar.

Por dar una de cal y una de arena, hay que reconocer dos cosas:

1.- Los problemas no son inventados sino reales.
2.- Las denuncias de JOL han servido a veces para que el club se ponga las pilas y ponga solución a algunas cosas.

Pero eso no quita que la forma de dar las noticias, de retorcer los hechos, de elegir los titulares, hagan bueno el dicho de que la peor mentira es la media verdad. Todo esto, desde la historia de los niños politrasplantados a lo de el 109, pasando por la lluvia y las localidades de minusválidos, aunque parta de bases reales, es una intoxicación informativa de tomo y lomo. Que no somos nuevos.

miércoles, 27 de abril de 2016

Un poco de demografía

Aprovechando que se nos acabaron las jornadas europeas (¡Snif!) y antes de que la cercanía del fin de semana aconseje abrir una entrada sobre el importantísimo partido del domingo (agradecería a Tao que lo hiciera él, por cierto), me voy a permitir sacar un tema atemporal, pero que creo que tiene cierto interés.

Vengo observando que da lo mismo que se trate del aforo de San Mamés o de la capacidad del nuevo parking de Lezama: en la web amiga todo les parece pequeño porque "hay que mirar el futuro".

Pues sí: las cosas han tendido a quedarse pequeñas a medida de que pasaba el tiempo; al menos en el pasado.

En 1913, cuando se inauguró el viejo San Mamés, la población de Vizcaya era de unos 350.000 habitantes. Y encima, el fútbol todavía no era una pasión de masas como ahora. Igual hasta Cocherito de Bilbao movía a más bilbaínos que el fútbol.

En los años sesenta (tribuna Garay) andábamos por los 750.000 habitantes. Más del doble; además, el fútbol ya era claramente el espectáculo rey.

En los 80 (ampliación del mundial) andábamos por 1.180.000 habitantes. Otro arreón de más de 300.000 habitantes con respecto al hito anterior.

Las cosas se iban quedando pequeñas, sí.

Treinta años después, somos unos 50.000 habitantes menos. Y eso incluyendo unos 60.000 inmigrantes extranjeros. Sin ellos, la población se habría reducido en casi el 10% con respecto al mundial de 1982.

Para dentro de 10 años se espera que seamos unos 60.000 habitantes menos que ahora.

¿Seguro que las cosas van a seguir quedándose pequeñas? Eso no es una ley inmutable, sino que es consecuencia de la evolución de la demografía, que ya vemos cual es.

Creo por lo tanto que hay que cambiar esa mentalidad heredada de otras épocas de que las cosas se quedan pequeñas.

Por otra parte, la gente se queja de la alta edad media del público de San Mamés, de que hay pocos jóvenes... Y se culpa a la perversa directiva y su avariciosa política de precios.

Pero ¿no será que en esto -como en tantas cosas- el Athletic es reflejo de la sociedad vizcaína?


Tampoco hay nada de malo en una gerontocracia, ¿no?
 
Aproximadamente, un 14% de la población tiene menos de 15 años. No creo que vayan muchos a San Mamés.

Más o menos otro tanto tiene de 16 a 30 años. Serían el tramo más susceptible de rejuvenecer San Mamés y animar.

Pero es que frente a ese otro 14% por ciento, los mayores de 50 somos aproximadamente el 40% de la población del territorio histórico. Casi la mitad de los mayores de 14 rebasamos el medio siglo.

¿Se van a quedar las cosas pequeñas? ¡JA!

¿No será que es que no hay más cera que la que arde?

Enlazando este asunto con el que tanto preocupa en Lezama (la evolución de nacimientos y sus efectos negativos en el trabajo de cantera) es curioso, pero por un repunte de nacimientos que hubo entre 2003 y 2012, las perspectivas desde el punto de vista de la cantera no son tan malas como podría parecer, al menos de momento:

  • Varones nacidos en la CAV entre 1985-1994: 100.156 (podrían estar jugando ahora)
  • Varones nacidos en la CAV entre 1995-2004: 96.111 (para dentro de diez años)
  • Varones nacidos en la CAV entre 2005-2014: 105.971 (para dentro de veinte años)

Claro que si comparamos con treinta años antes, con los títulos de los 80, la década de referencia podría ser la 1955-1964, en la que nacieron 157.589 varones en lo que hoy es la CAV.

Fuentes: INE y EUSTAT