martes, 29 de junio de 2010

¡Recordad Aljubarrota!

El 14 de Agosto de 1385 las tropas portuguesas, mandadas por Juan I de Portugal (aunque el mando efectivo más bien lo ejerció su condestable Nuno Alvares Pereira), infringieron una gran derrota a las tropas castellanas de Juan I de Castilla.

Aunque durante el reinado de Felipe II ambos reinos se reunificaron y no fue hasta 1640 cuando Portugal alcanzó definitivamente la independencia, es Aljubarrota el hito que ha permanecido vivo entre los portugueses como símbolo de su independencia y es Aljubarrota el nombre que les viene a los labios cada vez que quieren tocarle las pelotas a un vecino español, aunque éste generalmente no sepa de qué le hablan: si la cultura de la historia se está perdiendo, no digamos nada de lo que se refiere a las derrotas. "¿Dónde está Alesia? No existe Alesia", que diría un galo irreductible.

Pero los portugueses sí recuerdan, y si hoy Portugal derrota a España estoy seguro de que más de un periódico luso -y más de dos- titulara mañana "Un nuevo Aljubarrota", o algo por estilo. Sí: el nombre de esa villa portuguesa será más pronunciado hoy en el país hermano que el propio nombre de Green Point, el campo en el que tendrá lugar la batalla.

Porque hoy tenemos una batalla hispano-lusa en toda la regla. ¿Acaso no fue von Pistonwitz el que definió el fútbol "como la continuación de la guerra por otros medios"?

Lo que para mí, que añoro un único estado hispano-luso con capital en Lisboa (posibilidad que existió y que se perdió por la afición a la caza de Felipe II y el centralismo suicida de sus sucesores) es un duelo fratricida que lamento y que hubiera preferido en la final, se está centrando demasiado en la figura de ese "ser" llamado Cristiano Ronaldo.

Cristiano Ronaldo, es ese jugador prodigioso capaz de lo mejor y de lo peor, que ya me sacaba de quicio cuando jugaba en el ManU y que lo acabó de rematar cuando entró en el equipo que le va como un guante: el Real Madrid.

Ronaldo es un jugador desequilibrante, que va a tener la virtud de ponerme fervorosamente a favor de España: es inevitable verle en el campo y no desear que pierda, como recordaba hace poco algún colaborador de este blog.

Pero con tanto Ronaldo, y con tanta especulación sobre cómo pararle, se está presentando lo de hoy como una partida dependiente solo de un factor. Parece que si se le para a Ronaldo el partido está ganado, pero Portugal es más que Ronaldo. Y España no está siendo tan buen equipo como creíamos.

Para empezar por los lusos, un pequeño detalle: no han encajado un gol en todo el campeonato. A los amantes de fútbol espectáculo este dato les parecerá triste, pero los grandes equipos y los equipos campeones, mal que nos pese, se empiezan a construir desde la defensa. Y ni brasileños ni marfileños han sido capaces de horadar la meta portuguesa, que cuenta con un bloque muy sólido.

Y en cuanto a España ... la derrota frente a Suiza, que muchos atribuyen a la mala suerte, yo prefiero atribuirla a un juego mediocre; y no por ganar con claridad a una banda como la de Honduras se puede decir que las dudas se disiparan.

Como no ví el partido ante Chile, poco puedo opinar de ese último test antes de empezar el Mundial de verdad, pero me dicen que España marcó cuando mejor jugaban los chilenos (que ayer me parecieron un equipo ordenado y voluntarioso pero con nada en la delantera) y que la segunda parte ante diez fue una birria.

Así que a mí se me antoja que el partido va a estar muy abierto, y que como nos obsesionemos con Ronaldo la sorpresa puede venir por otro lado.

Y sobre todo, una gran preocupación. En Aljubarrota influyó muchísimo el cansancio de los castellanos, que llegaron al campo de batalla por la tarde, tras una larga marcha bajo el abrasador sol de Agosto.

Hoy no hay sol abrasador que valga ya que en Ciudad del Cabo están en pleno invierno, pero la segunda parte ante Honduras no se me va de la cabeza: el desplome físico fue notabilísimo. ¿Se repetirá la historia?


domingo, 27 de junio de 2010

Txapeldunak

El equipo juvenil A del Athletic se proclamó anoche en el Francisco Bonet de Almuñécar campeón de la Copa del Rey de la categoría tras ganar por dos goles a cero al Real Madrid en la final. Culmina de esta forma el grupo dirigido por Bingen Arostegi una sensacional campaña en la que, además del título copero, consiguieron el campeonato de liga, por delante de Real Sociedad y Osasuna, y fueron semifinalistas en la Copa de Campeones de Liga, eliminados por su rival de ayer.

Hacía dieciocho años que el Athletic no ganaba el título copero de juveniles. Nos remontamos al 7 de junio de 1992, en el campo soriano de Los Pajaritos, cuando el equipo dirigido por Jose Mari Amorrortu y liderado por Julen Guerrero, quien en apenas unas semanas se incorporaría al primer equipo, venció en la tanda de penalties al Bétis. Algunos de los campeones de ayer apenas contaban con unos meses de vida cuando se disputó aquella final y muchos aún no habían nacido. Sirva como referencia que el Athletic saltó anoche al campo de Almuñecar con un jugador de dieciseis años (Ruiz de Galarreta) y dos de diecisiete recién cumplidos (Jonás y Guillermo).

Se presentaba esta final como la gran oportunidad para el Real Madrid de conseguir algo desconocido en los juveniles de ese club, el triplete (Liga, Copa de Campeones y Copa del Rey). El objetivo no parecía descabellado para los merengues cuando los antecedentes eran muy favorables a sus intereses: durante la campaña Athletic y Real Madrid se habían enfrentado tres veces y todos los partidos se habían saldado con victoria madrileña. Por si fuera poco, el entrenador madridista contaba para esta final con algún que otro jugador que había estado disputando la liga en categorías superiores con equipos como el Real Madrid C o el Castilla, algo así como que el Athletic hubiera contado con Iker Muniain o algunos refuerzos del Baskonia o del Bilbao Athletic en edad juvenil. Por tanto, los cachorrillos saltaron al campo sabiendo que eran los madridistas quienes tenían que defender su rol de grandes favoritos.

El hecho de que el Athletic hubiera perdido ya tres veces frente a su rival y, probablemente, el recuerdo de la final del año pasado, que ls rojiblancos nunca debieron perder, hizo que los chavales de Bingen Arostegi saltaran muy concentrados al campo. Desde el pitido inicial se vió al conjunto zurigorri mucho más puesto que a sus rivales, quienes parecían no haber desperatdo aún de sus ensoñaciones de favoritos. El cuadro bilbaino tenía los deberes muy bien aprendidos, sabía que debía tapar las vías de alimentación de los delanteros merengues por parte de sus medios, y obró en consecuencia. Muy aplicado en la labor defensiva, no fue, sin embargo, el Athletic un equipo aculado atrás. Con tres centrocampistas, uno más posicional (Eguaras) y dos más dinámicos (Galarreta y Peña), y la ayuda de los jugadores de las bandas, Villar y Jonxa, el conjunto zurigorri tejió una tela de araña en el centro del campo en la que moría todo intento de combinación madridista. El cortocircuito entre la media madridista y su vanguardia facilitó mucho el escaso trabajo que durante la primera mitad tuvieron los centrales rojiblancos, mientras que los laterales apenas se dejaban ver hacia arriba en un partido en el que se les requería más que guardaran el sitio que otra cosa. Así, el lateral derecho Bilbo se convirtió en uno de los mejores jugadores del Athletic al dejar totalmente inédito a la estrella blanca, Sarabia, quien tuvo que buscarse acomodo posteriormente en la otra banda, aunque tampoco allí Saborit, un jugador del que los expertos destacan más su juego de ataque que de defensa, le dio opción alguna. El mejor resumen de lo que fue el trabajo defensivo del Athletic en este primer tiempo fue el hecho de que el portero, Magunazelaia, apenas tocoó el balón, siendo la oportunidad más clara para los madridistas casi al final de este primer periodo.

En ataque el Athletic tuvo una primera fase con cierto acercamiento, sin mucho peligro, una gran efectividad a la hora de aprovechar las oportunidades y después escasa presencia arriba. Dominando como dominaban el centro del terreno de juego, los rojiblancos llegaban con cierta facilidad a las inmediaciones del area rival y, además, lo hacían con varios jugadores. Se comprueba una vez más la importancia de los “llegadores de segunda linea” en el futbol. Un disparo lejano, sin peligro de un jugador bilbaino acaba en los pies de Peña dentro del area y éste dispara sólo ante el portero marcando el primer gol. El segundo gol, a los pocos minutos, llegó con un estupendo pase entre lineas de Galarreta que recibe Villar dentro del area, elevando el balón para salvar la salida del portero. Antes de este segundo tanto le fue anulado injustamente un gol al contunto zurigorri al señalar el árbitro una falta inexistente sobre el guardameta madridista y poco después del gol de Villar, este mismo jugador hizo lucirse al cancerbero con un bonito disparo a la media vuelta. El Real Madrid tenía mucho más el balón en su poder, especialmente en zonas en las que el Athletic le dejaba que lo tuviera, pero eran los cachorrillos quienes hacían las ocasiones de peligro en una final, todo hay que decirlo, con pocas oportunidades de gol.

Tras la reanudación el guión varió ligeramente. El Athletic siguió mostrandose como un gran bloque sólido y concentrado en su tarea, pero esta presión que en el primer tiempo la estaba ejerciendo en la linea de medios, pasó a hacerla mucho más atrás. Cedió metros y se encerró en torno a su area. El conjunto blanco se hizo el dueño absoluto del balón, aunque seguía sin ofrecer una sensación real de peligro. Un par de contraataques muy peligrosos, en reacción a sendas jugadas en las que el Athletic se estiró un poco más, y un disparo lejano que se estrelló en el larguero, fueron las mejores opciones de las que dispuso el Real Mdrid a pesar de su incesante dominio. No tuvo mucha más historia esta segunda mitad, con un Athletic apoyado en un gran sistema defensivo y un Real Madrid que, impotente, veía cómo se le escapaba una final que creían estar destinada a sus vitrinas. Esta segunda parte, además, seguramente debió hacérsele muy larga a Bingen Arostegi, dada la mala experiencia de la final del año pasado. Entonces, el Athletic tenía controlado el partido, estaba a segundos de conseguir el título y un error táctico echó por tierra todo el buen trabajo anterior. Anoche, el entrenador rojiblanco no quisó sorpresas con un resultado tan favorable y, a medida que transcurrían los minutos y el cansancio y los problemas físicos se hacían presentes, fue fortificando cada vez más el sistema defensivo del equipo. Una gran victoria final que reafirma una idea que no todos acaban de comprender: los partidos de futbol se ganan aprovechando las oportunidades de gol (tener muchas y fallarlas, como muy bien sabe el primer equipo del Athletic, recuerdese la eliminación de copa frente al Rayo, no dice nada bueno de un equipo) y no se pierden defendiendo bien). El madridismo se quejaba anoche del “excesivo castigo” que su equipo había sufrido. Es probable que este año, los “mayores” con Mourinho al frente les ofrezcan muchos partidos como el que ayer jugó el Athletic y, entonces, sus opiniones cambien sustancialmente.

viernes, 25 de junio de 2010

La Roja contra la Roja...

El partido está al "rojo vivo" que se dice...

El que pierda puede irse a casa casi seguro y se pondrán "rojos" de verguenza ante sus aficionados...

Oigo el himno chileno y me acuerdo del rojo Calszely... Y de Victor Jara que, por rojo, le cortaron las manos... y me dan ganas de gritar: !Te recuerdo, Amanda!... la calle mojada...

Ahora oigo el "tchun ta chunda"... me pongo en pié, con el traje de gala de Sargento y me escuadro... Y los carrillos se me ponen rojos de la emoción, como a Santiago cuando le cogieron en el 77 con el peluquín...

Me entran de estar erecto fuertes Dolores de espalda y unas ganas terribles de chillar: No pasarán!...

Pero miro a mi alrededor y me doy cuenta que estoy viendo el partido en el Batzoki de Begoña (Barakaldo no tiene tan insigne local)... y que parece ser estoy haciendo el ridículo entre la selecta clientela... y me pongo otra vez "rojo"...

Pero enseguida me vengo "arriba", como el riojano Llorente en San Mamés, y aguanto sus miradas a lo Clint en Infierno de Cobardes, que pintó todo el pueblo de rojo, a todos los abertzales que me escudriñan con los ojos rojos de ira,...

Y unos segundos después, desafiante, les arrojo con toda La Furia que llevo dentro:

Qué!... ¿Acaso vuestro paisano Rojo no jugó también en la Roja?... ¿eh?...

El seleccionador y su asesor

Este enviado especial ha acudido como todas las mañanas al kiosko y ha adquirido los principales diarios de referencia de la prensa deportiva. Quizás influído por cierto malestar estomacal, probablemente originado por un vil garrafonazo hace dos noches en esa pintoresca fiesta local sudafricana conocida como Saint John Night, no se sentía lo suficientemente lúcido como para redactar una crónica mínimamente aceptable del partido Dinamarca - Japón. Por esta razón de fuerza mayor y en atención a sus fieles (e infieles) lectores de AMBIGÚ PRESS, ha decidido reproducir el siguiente artículo publicado hoy por el JABULANI POST y firmado por esa institución del periodismo deportivo que es PERIVALDO DE SOUZA DO NASCIMIENTO.

EL SELECCIONADOR Y SU ASESOR

Cuando Japón quedó emparejada con Dinamarca en el sorteo del mundial, cuentan quienes le conocen que Takeshi Okada, seleccionador japonés, musitaba entre dientes: "malditos occidentales, me parecen todos iguales... con sus ojos redondos..."

Han pasado muchos meses desde entonces y muchos se preguntarán cómo un seleccionador con este grado de desconocimiento de sus rivales ha podido alcanzar el éxito que supone ver a Japón en los octavos de final de la Copa del Mundo de Sudáfrica. Rascando un poco en la superficie del staff técnico nipón hallamos la respuesta en forma de un curioso asesor, de aspecto tímido, con unos papitos saludables como de niño grande y una graciosa calva reluciente: el experto en futbol internacional Yasujiro Maldinizaki.

Maldinizaki conoce prácticamente todas las ligas del mundo y, gracias a su antena parabólica, puede ver simultaneamente un partido de juveniles entre las selecciones de Burkina Fasso y Eritrea y la final de la Copa del Sultán de Brunei. No hay dato, imagen o reseña de un partido que se juegue en el planeta que se le escape al prodigioso Maldinizaki.

Okada ha manifestado en petit comité que una de las cualidades más apreciadas en Maldinizaki es su capacidad para colocar a sus jugadores en el punto exacto, hasta el punto de que cariñosamente le suele llamar "el GPS humano". Es habitual, en los entrenamientos, ver a Okada consultando a su colaborador: "¿Está bien colocado Honda?" Entonces, Maldinizaki hace una serie de cálculos mentales y corrige: "Unos metros más arriba... ah, y de paso pon a Endo unos metros más abajo".

Takeshi Okada está encantado con Maldinizaki y su espíritu crítico. Su anterior mano derecha, Yuichi Kamachomoto, acabó decepcionandole. El futuro de la selección nipona no pintaba bien por aquel entonces. Cuando le preguntaba: "Yuichi, ¿cambiarías algo del juego? ¿deberíamos introducir variaciones tácticas?", Kamachomoto siempre respondía lo mismo: "Ná, ya sabes que a mí lo que me va es el juego kamikaze".

El tandem Okada-Maldinizaki puede volar muy alto en este mundial. Los daneses ayer fueron sus últimas víctimas, ¿quienes serán las próximas?

jueves, 24 de junio de 2010

Ghana pierde... y gana

Transcurre con escaso brillo el primer mundial africano de la historia y ya va perfilandose el cuadro de octavos de final. Llegaba el grupo D a la última jornada de la primera fase con muchas posibilidades de clasificación para ghaneses, serbios y alemanes y muy pocas para Australia. Serbia, sobre el papel, jugaba con la ventaja de enfrentarse al rival más débil del grupo, pero los australianos y algunas decisiones arbitrales se encargaron de demostrar por enésima vez que en esto del futbol “no hay enemigo pequeño”.

El otro partido enfrentaba a Ghana y a Alemania. Los ghaneses representaban la excepción en la decepcionante regla del futbol africano en este campeonato. Los alemanes llegaban con más apuros de los previstos tras una apabullante victoria en la primera jornada. Dado el carácter de favorito con el que siempre comparece Alemania en cualquier competición, es obvio que ellos acudían a esta cita con mucha más presión que los africanos: caer en la primera ronda hubiera sido un rotundo fracaso y, sobre todo, hubiera planteado un serio problema de confianza en un equipo muy rejuvenecido y renovado, del que se esperan buenos resultados en las próximas campañas.

Rápidamente se mostraron sobre el campo las urgencias, las ambiciones y las estrategias de cada equipo. Mientras Alemania salió con la intención de dominar el partido desde el inicio, Ghana planteó un juego de contención y una salida veloz al contraataque. Esta idea puede inducir a engaño, puede interpretarse como que el equipo de las estrellas negras se aculó en su area y allí fortificó su portería. No fue así, la estrategia ghanesa consistió en una linea defensiva bastante adelantada y una fuerte presión en el medio del campo sobre la linea de creación alemana. Fruto de los espacios que dejaba la retaguardia africana y de ciertos desajustes defensivos iniciales, los teutones dispusieron de alguna llegada con peligro en los minutos iniciales del choque, mal definidas por sus jugadores. Con el paso de los minutos Alemania, que tenía el balón en su poder más minutos, pero que se veía incapaz de moverlo hacia zonas de peligro, cayó totalmente en las redes del combinado ghanés. Sus centrocampistas se veían impotentes para traspasar la presión de su rival, quien, no conformandose con mantener un empate que les daba la clasificación, buscaron con tanta velocidad y fuerza como desacierto la portería contraria.

Ha demostrado Ghana en esta primera fase algo de lo que han adolecido el resto de las selecciones africanas: un gran trabajo colectivo. Quizás no sea la selección con más jugadores talentosos, aunque alguno tiene, pero sin duda ha demostrado que ha llegado a Sudáfrica con la lección táctica muy bien aprendida. Ayer les faltó, sobre todo, acierto arriba y les sobró un pequeño periodo en el segundo tiempo en el que desbarataron su buena disposición táctica y dieron a Alemania la opción de marcar. El primer tiempo puede resumirse en una combinación del dominio alemán de la pelota, aunque con grandes dificultades para llegar a zonas de verdadero peligro, y una gran presión defensiva ghanesa acompañada de fulgurantes llegadas al area germana. Tan sólo la falta de puntería unas veces y de calidad otras impidieron a Ghana marcharse al descanso por delante en el marcador.

Tras el descanso, Alemania trató de imponer un ritmo más elevado a su juego. Siguieron combinando pero tratando de buscar más profundidad, de llegar más a la portería rival. A diferencia de lo que ocurrió en el primer tiempo, Ghana retrasó unos metros su linea defensiva y metió todo el equipo dentro de su campo. Siempre es dificil dilucidar si este tipo de repliegues obedecen a la presión ejercida por el equipo contrario o si es una variación táctica ordenada desde el banquillo, o simplemente una decisión que toma el equipo de forma inconsciente y que no atiende a cualquier explicación futbolística lógica. Lo cierto es que Alemania tuvo la oportunidad de llegar con más facilidad a zonas a las que en la primera mitad le costaba un mundo alcanzar con el balón jugado. De esta nueva situación llegó la oportunidad para Özil, bastante discreto hasta entonces, quien marcó un gran gol de disparo desde el borde del area.

A partir de ese momento y hasta el final del partido, Ghana recuperó su estilo inicial, con el que había maniatado a Alemania y con el que había dispuesto de unas cuantas buenas oportunidades de gol. En ese momento su clasificación peligraba por la situación en el otro partido del grupo. Los australianos iban por delante en el marcador y eso permitía aún a Ghana pasar a la siguiente ronda, pero un gol serbio, algo que llevaba minutos rondando, le dejaba fuera del mundial.

Alemania, tras el gol, jugó mucho más tranquila. Habían hecho lo más dificil, que era batir a tan correoso rival, por lo que aguantar el balon y combinarlo sin prisas era una buena opción ante la presión, otra vez adelantada, de las estrellas negras. El tramo final del partido fue realmente entretenido. Los africanos dispusieron de alguna buena oportunidad más en una noche en la que los defensas alemanes no brillaron, mientras que la subcampeona europea fue capaz de generar más jugadas de peligro que en todos los minutos anteriores a medida que los africanos iban dejando más huecos en su afán por empatar el encuentro.

Al final, Alemania ratificó su rol de favorito y consiguió la victoria que les colocaba primeros de grupo, con desagradable regalo incluído en forma de durísimo emparejamiento en octavos de final con Inglaterra. Ghana perdió el partido, pero ganó la clasificación, muy merecida, para la segunda ronda y se ganó un cruce, como mínimo, muy abierto frente a los Estados Unidos.

miércoles, 23 de junio de 2010

Héroes del Mundial - Obdulio Varela.

“Oh, Capitán, mi Capitán…” eran los versos del célebre poema de Whitman los que acudían a mi cabeza mientras avanzaba aquel documental. No es que sea especialmente dado a la poesía pero es que esos versos eran como el vino viejo, lleno de aromas, y perfecto para acompañar aquellas imágenes. Ahora casi me parece que “Regreso de héroe” no es un poema, que si lo tocas, tocas a un hombre….recio, orgulloso y noble como han de ser los hombres de bien. Como era Obdulio Varela. El capitán por antonomasia.

Y es que un capitán es cosa muy seria. No es solo un brazalete ancho en el brazo. Es mucho más, el estandarte, la bandera del equipo. El refugio y el motor del mismo. A quién mirar cuando las cosas van mal y a quién seguir lanzados en busca de la victoria. Pues bien, debo decir que si algún día nuestro admirado Almirante culmina su obra “La Gran Enciclopedia del Fútbol” junto al término “Capitán” deberá poner una foto de Obdulio Varela.

Y es que hablamos de una leyenda. Un leyenda charrúa. Cierto es que los “orientales” son muy dados a la épica futbolística, a veces, en exceso, producto de su dominio del sujeto, verbo y predicado. Pero es natural, no podemos olvidar que las únicas preocupaciones en ese país corren por el verde. Las vacas y el fútbol. Y mientras las vacas son alimento para el cuerpo el fútbol es el sustento del espíritu. Pero, esta vez, debo disculparles, creo que tienen motivos sobrados para la épica.

De hecho el fútbol, en general, como fenómeno “espiritual” es fuente de las leyendas más hermosas, casi siempre literatura alrededor de fabulosos goles, regates y pases de tiempos mitológicos. Pero, a veces, regala otro tipo de historias, aparentemente menos brillantes y, sin embargo, quizás todavía más hermosas. Sí, definitivamente, más hermosas. Como ésta.

Obdulio Varela, “oh Capitán, mi Capitán”, nació en Montevideo en 1917. De familia humilde, como tantas otras leyendas del balón, de niño casi no fue a la escuela. Pronto, con ocho años, ya trabajaba de limpiabotas, luego de vendedor ambulante de periódicos (solía decir que los periódicos solo contienen dos verdades, la fecha y el precio), después peón de albañil, y siempre asmático y mulato. Y finalmente futbolista y capitán de su equipo, sobre todo, capitán de su equipo.

Pronto el Wanderers se fijó en él, posteriormente lo adquirió, cómo no, Peñarol, equipo en el que se mantuvo hasta su retiro en 1955 y con el que ganó seis campeonatos. En 1939 debutaba con la celeste con la que fue campeón sudamericano, campeón mundial y, cómo no, capitán. Sobre todo, capitán.

¿De qué tipo de jugador estamos hablando?. Era lo que hoy denominaríamos un mediocentro o un “centre hall” como se decía entonces. Técnicamente no era apabullante, desde luego no era un mago del balón, aunque sí digno manejándolo. No era muy veloz, tampoco en exceso corpulento ni de un físico que asustara. Muy serio y eficaz tácticamente, buen distribuidor de balón pero, especialmente, sobresaliente en algo….en carácter. Era su personalidad desbordante en rectitud, en coraje , equilibrio y seguridad lo que hizo que fuera apodado como “el Negro Jefe” y que sus compañeros, tanto en sus equipos como en la selección, dijeran que “si Varela se ponía serio podía asustar al mismísimo diablo”. Vamos, un tipo de una sola pieza.


Así lo recuerda uno de sus compañeros en Peñarol…“Sin gritos, sin histerias, sabía poner en vereda a cualquiera cuando las cosas no se hacían como se debían hacer. Unas pocas palabras suyas, una mirada severa, y te dabas cuenta que tenias que poner más entrega en el partido o ser más serio en el entreno”.Los rivales lo respetaban al máximo. Todo el mundo sabía que con el “negro Jefe” no era conveniente buscarse problemas.

Su carácter hizo que fuera idolatrado por sus compañeros y afición y odiado por sus dirigentes. Claro que él tampoco les tenía cariño alguno. En una ocasión, tras una victoria sobre River Plate, los directivos de Peñarol decidieron premiar a todos los jugadores con 250 pesos…y al “negro Jefe” con 500 por ser el capitán y por congraciarse con él….”Yo jugué como todos. Si ustedes creen que merecí 500 pesos, son 500 para todos…si ellos merecieron 250, yo también”. Claro, fueron 500 pesos para todos.

En 1949 dada la lamentable situación laboral que azotaba al futbolista uruguayo, los jugadores decidieron crear un sindicato. Los clubes se negaron a reconocerlo. Los jugadores, encabezados por Varela, fueron a la huelga. No habría más fútbol hasta que se reconociese al sindicato. Los clubes imaginaron que la presión social, la falta de trabajo y el inminente mundial de 1950 acabarían pronto con la huelga. Pasaba un fin de semana tras otro sin fútbol. El hambre comenzaba a extenderse en el gremio. Cuanto peor se ponían las cosas más grande se hacía la figura de Varela, que lideró la huelga durante meses….al séptimo mes los clubes dieron su brazo a torcer.

Otra anécdota sucedida en la selección muestra el carácter de este hombre y lo que él consideraba que significaba oficiar como capitán de un equipo. En aquella convocatoria de la selección acudía por vez primera Matías González quién por alguna razón no cayó muy bien en el grupo. Cuando Varela entró en el bar del hotel donde estaban concentrados vio a Matías bebiendo solo en la barra del bar mientras un amplio grupo de jugadores bromeaba, reía y bebía sentados en una mesa…..Varela se dirigió a la barra, con una mano tomó del brazo a Matías y con la otra una silla vacía…se dirigió a la mesa….apartó a dos de los muchachos…situó en medio la silla e hizo ademán a Matías para que se sentara mientras decía a todo el grupo…”los uruguayos beben todos juntos”. ¡Oh capitán, mi capitán!.

Con todo, el episodio que marcó para siempre su carrera se desarrollo en el mundial de 1950, con su selección, en la que hizo mítica la camiseta con el número 5. En ese mundial protagonizó, seguramente, una de las más grandes hazañas que se haya visto en un campo de fútbol. El famoso “Maracanazo”.

Aquel Mundial estaba diseñado para la segura victoria de Brasil. Tras la primera ronda se siguió jugando con formato de liguilla para evitar que un mal día de la canarinha estropease la fiesta. Aquella selección brasileña era todo un lujo, con Ademir, el rey del gol, la magia de Zizinho y Jair o el inexpugnable Barbosa. Una formación llamada “la diagonal” que dejaba maravillados a todos los que la veían en acción.

¡Y vaya si cumplieron el pronóstico!. Para la resolución del campeonato habían quedado Brasil, Suecia, España y Uruguay. El 9 de Julio Brasil aplasta a Suecia por 7-1. Ese mismo día Uruguay sufre para empatar a dos contra España, con gol de Obdulio. El 16 de Julio Brasil apaliza a España, 6-1, y los uruguayos consiguen a poco de finalizar el partido contra Suecia dar la vuelta a un 1-2 y vencer por un angustioso 3-2 y de forma, dicen, totalmente inmerecida.

Así se llega al encuentro cumbre, el Brasil-Uruguay en el que con un simple empate esa Brasil, soberbia, espectacular, inalcanzable, se proclamaría, por vez primera, campeona del mundo. Ya en los partidos anteriores la presión de la grada había sido bestial. Skoglund, jugador sueco, recordando el partido contra Brasil comenta: “Cada vez que tocaba el balón explotaban petardos a mi alrededor. Era como jugar en un campo minado. Imposible siquiera pensar en ganar”.


Con eso presente puedo imaginar el ambiente brutal que se respiraba aquel día en Maracaná. El país entero se paralizó. La prensa habían anunciado el partido como la primera victoria mundial de Brasil y las camisetas que lo conmemoraban inundaban el estadio. El estadio estaba repleto, hasta la bandera, desde tempranas horas de la mañana. Alegría, magia, esplendor, confianza absoluta. Doscientos mil brasileños os contemplan.

De mientras en el vestuario charrúa también pasan cosas. Cosas desagradables. Mientras Varela y los muchachos se preparaban , con mimo, el uniforme y se calzaban las botas, uno de los dirigentes de la federación uruguaya entró al vestuario para transmitirles un mensaje oficial “perdiendo por menos de cuatro goles se salva el honor”.

Aquello fue como una puñalada. Varela le dirigió una mirada glacial. Escupió. Se volvió hacia los suyos para decir “Muchachos, si les tenemos miedo nos caminan por arriba. ¡Vamos a ganar este partido!”. Luego ya en el túnel de vestuarios, desde donde se intuía la caldera que les esperaba fuera y al ver a sus jóvenes compañeros acongojados se volvió , de nuevo, hacia ellos “No penséis en toda esa gente. No miréis arriba, el partido se juega abajo y si les ganamos no va a pasar nada. Nunca pasa nada. Somos once contra once y el partido se gana poniendo los huevos en la punta de las botas”. Salieron al campo al paso lento marcado por Varela, sin carreras, caminando despacio como diciendo….”somos uruguayos…aquí estamos…y nos importáis un bledo”.

El efecto que esa intervención de Varela tuvo en sus compañeros se evidencia en los comentarios realizados años después por algunos de ellos. Julio Pérez, recordaba: “Los cronistas se dejaban impresionar por las goleadas de Brasil, pero no se daban cuenta que los rivales se achicaban. Y no era para menos. La tribuna, la multitud, y todas esas cosas que pesaron en el ánimo de los españoles y los suecos, permitieron las goleadas. Pero Obdulio nos enseñó que eso con nosotros no camina. Que nuestro equipo jugaba bien y estaba integrado por hombres”. Oscar Omaz Míguez también rememora: “El mensaje de nuestro capitán era claro….¿Por qué nos iban a ganar?, ¿quiénes eran?. No temíamos ni a Dios ni al Diablo. Si Máspoli hubiese jugado de delantero, hacía dos goles, y si yo hubiera ido al arco, atajaba dos penales”. ¡Oh Capitán , mi Capitán!.

Por supuesto, nunca he visto el partido completo, nunca nada más allá de algunas imágenes sueltas en blanco y negro, y sin embargo creo que soy capaz de cerrar mis ojos e imaginarme cómo se desarrolló el que algunos consideran mejor encuentro de la historia de los Mundiales.
Nada más iniciarse el partido, Brasil se lanzó en tromba sobre el área rival. Como hacían siempre. Las ocasiones se sucedían una tras otra. Varela achicaba balones como podía intentando no perder de vista a Ademir. Así durante 45 minutos eternos. Se llegó al descanso con un increíble empate a cero. Con todo la fiesta en la grada continuaba, al fin y al cabo con el empate Brasil era campeón.

El segundo tiempo comenzó igual que el primero. Brasil atacando como posesos. Pero esta vez Uruguay apenas pudo aguantar dos minutos. El gol de Friaca convirtió no ya Maracaná sino todo Brasil en una especie de manicomio. El país entero enloqueció. Pero no Varela.

Aquel hombre tallado en piedra estaba a punto de entrar en los libros de historia. Cuando vio el balón en las redes suspiró, clavo sus ojos pardos en aquella grada enfervorizada y supo lo que tenía que hacer. Pensó que “estos tigres nos devoran si les servimos el bocado demasiado rápido”. Irguió su torso cuadrado y caminó despacio hacia su portería, desafiante, sin una palabra para nadie. Recorrió los treinta metros que lo separaban de la pelota a paso lento, firme. Llegó hasta ella, la tomó en sus manos y la colocó bajo su axila derecha. De esta forma y con el mismo andar de antes se dirigió hacia el linier a reclamarle algo en un, para el juez de línea, incomprensible castellano.


El mundo entero tuvo que esperarle varios minutos mientras la grada, confundida con lo que pasaba, comenzaba a dejar el griterío y se iba imponiendo, poco a poco, un expectante silencio.

El árbitro inglés amenazo con expulsarle y él pidió un traductor. Aquella imposible y tediosa conversación se alargó hasta que con el estadio en silencio Varela entendió que el objetivo estaba logrado. Enfriar los ánimos de jugadores y público, poner distancia entre el gol y la reanudación para que aquel ambiente infernal no terminara de devorar a su equipo. El día en el que el imponente uruguayo con el 5 a la espalda silenció a doscientos mil fanáticos brasileños.

Así lo recuerda uno de sus compañeros: “Cuando se nos venía encima la avalancha él supo enfriar el partido. Luego, antes de sacar de centro, nos miró y nos dijo. “Seguidme. Ahora vamos a ganarles a estos “japoneses””. Sin arengas, a puro coraje nos había empujado contra viento y marea. Fue entonces cuando entendí que podíamos ganar ese partido. Sin el “negro Jefe” aquella máquina de jugar a fútbol que era Brasil nos hubiera pasado por encima.”

A partir de ese momento el partido cambió radicalmente. Uruguay fue un aluvión. Brasil desconcertado. Varela empujaba desde el medio de la cancha, como un mariscal, ordenando a sus tropas. Parecía que la pelota era de él, y cuando no la tenía, era porque la había prestado un ratito a unos de sus compañeros.

En el minuto 17 de la segunda parte Schiaffino logró el empate. El miedo se instaló en la canarinha.....no parecían ni sombra de lo que habían sido….Máspoli, el arquero charrúa lo recuerda así…”ellos no respondían…en una jugada un jugador brasileño cayó…le ayudé a levantarse y le palmeé la cara porque nos conocíamos todos…..!estaba helado!...!pálido!....”


Las camisetas celestes estaban en todas partes y el gigante ya no les infundía el menor miedo. Faltaban nueve minutos cuando Ghiggia marcó el tanto de la victoria charrúa. Estalló el silencio en Maracaná, el más estrepitoso silencio de la historia del fútbol. El mundo del balón no podía creer que el coloso muriera así, en su propia casa.

El final del partido significó la mayor congoja colectiva que jamás haya provocado un hecho deportivo. Y un desastre organizativo. Cuando Jules Rimet fue a entregar la copa y pronunciar su discurso no estaba nada preparado….no habia ni guardia de honor, ni himno, ni podio, ni discurso, ni entrega solemne…..solo un silencio desolador dominaba el estadio. La policía lloraba. Rimet entregó la Copa a Varela casi a escondidas, le dio la mano y salió pitando sin decirle una sola palabra de felicitación.

Aquel día Brasil se vistió de luto. Algunos hinchas locales optaron por el suicidio. Otros prometieron no volver a un estadio de fútbol. El seleccionador brasileño Flavio Costa pasó 24h. escondido en Maracaná. Finalmente pudo salir vestido de mujer. La selección tardó dos años en volver a jugar y cambió su uniforme por el que ahora conocemos tan bien. Un diario tituló al día siguiente “Nuestro Hiroshima”. Ahora uno entiende el nudo en la garganta que se le hizo a toda Brasil en la semifinal de Mexico-70 cuando Uruguay se adelantó en el marcador. La presencia de los fantasmas que nunca nos abandonan.

Y Varela? ¿Cómo lo celebró Varela?. La embajada uruguaya y la federación organizaron un gran festejo aquella noche. Varela les dijo a los muchachos…. “Es una reunión llena de hipócritas y figurantes. Yo no voy”. Prefirió salir a deambular por las calles, de bar en bar, bebiendo con los vencidos. Le reconocieron, y para su sorpresa, en lugar de tener problemas le felicitaron y muchos de ellos se quedaron bebiendo con él hasta el amanecer. Cuando al dia siguiente los periodistas quisieron saber su opinión sobre el partido, Varela fue claro: “Ganamos porque ganamos, nada más. Brasil es una máquina: nos llenaron a pelotazos. Métaselo en la cabeza: jugamos cien veces y sólo ganamos ésta.”

En recompensa por la hazaña, los dirigentes del fútbol uruguayo se otorgaron a sí mismos medallas de oro. A los jugadores les dieron algún dinerillo. Asi es la vida, pero, francamente, es triste que uno de los protagonista de esta leyenda, quizás el más importante, años más tarde tuviera que confesar: “Si volviese a jugar esa final prefería perderla. Parecía que los dirigentes eran quienes habían ganado el trofeo". Y es que hay cosas que nunca cambian.

Obdulio Varela murió el 2 de Agosto de 1996 con la misma humildad con la que vivió toda su vida. Eso sí, como siempre, todo Uruguay lloró su muerte.

Asi que deben resonar, de nuevo, los versos de Whitman…

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido
El barco ha enfrentado cada tormenta, el premio que buscamos fue ganado
El puerto está cerca, las campanas oigo, toda la gente regocijada
Mientras los ojos siguen la firme quilla de la severa y osada nave
Pero ¡oh corazón! ¡Corazón! ¡Corazón!. Oh las sangrantes gotas rojas,
Cuando en la cubierta yace mi Capitán. Caído, frío y muerto.
Oh Capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas
Levántate, por ti se ha arriado la bandera, por ti trinan los clarines
Por ti ramos y coronas con cintas por ti una multitud en las riberas
Por ti ellos claman, el oscilante gentío, sus ansiosos rostros a ti se vuelven
¡Arriba mi Capitán!

Sus últimos recuerdos, las botas de Maracaná y su camiseta con el número 5, se guardan en la Federación Uruguaya. Hasta eso se quedaron los dirigentes.



PS: Y un último comentario. No soy mucho de ídolos ni mitos de carne y hueso. Pero en todo caso estoy convencido que uno no elige a sus modelos, a sus ídolos. Son ellos los que nos eligen. Quizás si hubiera dependido de mi, de tener ídolos, habría escogido alguno de esos rutilantes magos del balón….pero en mi caso si tuviera modelo alguno debo reconocer que me ha elegido Obdulio Varela, el Negro Jefe. Y creo, de verdad, que he tenido muchísima suerte.