Es curioso como nuestra sociedad, con algunos políticos a la cabeza, ha evolucionado hasta un punto en el que, en un contexto en el que los problemas reales abundan y son graves, somos capaces de crear problemas donde no los hay, haciendo que incluso lo que tan solo debería haber creado una gran alegría se convierta en un motivo para crear división, polémica y mal rollo.
Tengo que confesar que la tentación de no seguir con el tema es grande, pero estoy hastiado por los problemas de fondo, que me preocupan más que el aspecto concreto en el que han aflorado en esta ocasión. La discusión sobre la gabarra para las jugadoras del equipo femenino es solo un síntoma de una enfermedad muy profunda, y que se puede manifestar en formas más graves.
Uno de los problemas de fondo es la gran desproporción que hay entre los problemas que afronta nuestra sociedad y el nivel de pensamiento con el que nos enfrentamos a esos problemas. Ese nivel, no es que sea bajo: es que a veces da la impresión de que es inexistente.
Hemos sustituido el análisis y el razonamiento por la adjudicación de etiquetas, por la aplicación de estereotipos. No sé cuando empezó todo, pero ya debimos ponernos en lo peor cuando -por ejemplo- empezó a ser imprescindible para los personajes públicos hablar de "vascos y vascas" o escribir
ciudadan@s so pena de lapidación. Empezamos por darle demasiada importancia al lenguaje y a los gestos -no digo que no tengan ninguna- y hemos terminado por darle solo importancia al lenguaje y a los gestos.
Otro problema de fondo es que nuestra clase política se cree que debe opinar sobre todo, que debe intervenir en todo. Para mí lo más desafortunado de todo este asunto, en cuanto a los políticos, no es ya lo que han dicho -ni siquiera la estupidez cum laude de Asun Merinero- sino el mero hecho de haber dicho algo. El que muchos de vosotros pudierais no compartir esta parte de mi análisis no haría sino reafirmarme en lo grave de el problema, ya que eso querría decir que veis normal que una persona elegida y pagada para gestionar una institución se dedique a opinar sobre temas ajenos a su competencia, sobre los que en muchos casos no tiene conocimientos y sobre los que a menudo es evidente que no ha reflexionado mucho. Y a mí no me parece normal. No creo que ejerzamos el voto para delegar poder y representatividad para esto, para que se pongan a opinar sobre todo y para que tengan siempre que dejar caer su peso sobre la sociedad civil.
Nuestra sociedad tiene muchos problemas, para cuya solución es para lo que se supone que elegimos y mantenemos a una clase política. ¿Queréis que enumere algunos?
Seguro que me quedo corto y que la lista podría ser mayor.
Pues ante esos problemas tenemos una clase política que ejercen más de tertulianos (en el peor sentido de la palabra) que de solucionadores de problemas; y que ante cualquier cuestión no se dedican a estudiarla, sino que tiran por el atajo de acudir al prontuario de lo "políticamente correcto", sea o no aplicable, sea o no sensato, tenga o no que ver con el fondo de lo que se discute. No piensan con ideas, sino con slogans. Slogans que son como platos precocinados que sacan del congelador para darles un calentón en el microondas y tirárnoslos cuando parece que tenemos hambre. Pero nosotros la ciudadanía no somos mejores, porque nos lo tragamos todo, si viene con la etiqueta que nos gusta. ¡Que ni se nos ocurra pensar! Mejor dejarnos guiar por las apariencias del lenguaje y los gestos; o por la etiquetas "rojo" o "fascista" que tanto nos gusta usar 77 años después del final de la guerra civil.
¿Qué llego demasiado lejos por lo de la gabarra? No lo sé. A mí me parece que es solo un botón de muestra de cómo algo que en el fondo es accesorio se acaba convirtiendo en un problema por haber dado por buenas estas formas de hacer política.
Esta estúpida polémica pasará (a no ser que las chicas ganen la copa) pero nuestros problemas seguirán; y también seguirán estos políticos mediocres y su desatinada forma de hacer política. Que Dios nos coja confesados.
Solo me queda volver a saludar a las leonas. Espero que esto no les haya afectado ni mermado su natural alegría, pero tengo una sensación muy fuerte de que unos oportunistas han intentado manipular su triunfo, sin importarles que ello pudiera hacerlas sentirse incómodas. Ojalá no lo hayan conseguido.
Lo que sí han conseguido es que el Athletic quede como machista en este historia. ¡El Athletic, que es probablemente el equipo que menos se merece ese calificativo! Porque, por ejemplo ¿Quién tiene el record de asistencia a un partido femenino en España? ¿Las jugadoras de qué equipo son la envidia de las demás, entre otras cosas por este reciente homenaje tan criticado? En fin... ¿Hastío dije? Cabreo, más bien.