Año 2068. Suiza. Sentado en el porche de su finca situada en Turgovia, cantón de la confederación helvética, entre verdes valles y montañas nevadas, bajo un cielo azul intenso en una soleada y tibia mañana de primavera, un anciano Coltorti, el mercenario que hoy defenderá la puerta santanderina, hace repaso de su vida. Mientras una rolliza vaca, de mirada inteligente y tetas rebosantes, le observa , el viejito Coltorti, a la vez que rumia unas onzas de chocolate Milka (que reconozco está divino), comienza a escribir lo que será su legado."A mi futuro nieto, que ahora crece en el vientre de Ginebra, (joer...es el nombre ideal) , mi hija:
Hijo mío, no sé si tendré oportunidad de llegar a conocerte, ahora que las fuerzas me abandonan, pero quiero que sepas que, sin verte, te quiero más que a mi vida. Es por eso que te escribo para transmitirte personalmente el mejor de mis legados. Este testamento es un tesoro infinitamente superior al chalet junto al Leman, esta finca entre las montañas desde la que te escribo o la cuenta que poseo en el UBS, que el bobo de tu padre disfrutará tras mi muerte.
El tesoro que guardo para ti lo encontré una noche de invierno. Aquella noche en la que tuve la oportunidad de pisar el Olimpo, la residencia de los Dioses del Fútbol. Sí, tu abuelo tuvo el privilegio único de visitar el templo en cuyas gradas habitan los demiurgos del balompié, la única afición capaz de jugar un partido y , con su aliento, ganarlo. Tuve la oportunidad única de ver, a pocos metros de distancia, como los hijos de estos dioses se transformaban por el ímpetu y la energía transmitida por esa grada, y cómo pasaban de vulgares medianías balompédicas a héroes de leyenda, auténticos titanes capaces de bailar con un balón, correr, regatear, pasar y chutar...¿quién no lo haría empujado por el embrujo de esa grada?....sí, tu abuelo, hijo mío, pudo rozar y estrechar la mano de los favoritos de la Fortuna.
Antes del partido algunos de nuestros muchachos, los más veteranos, solicitaron a nuestro entrenador que renunciara al partido, temerosos del castigo que el cielo pudiera decretar por la osadía que significa pisar este sagrado terreno. Otros, los mercenarios traídos de lejanas tierras, que solo habían oído contar lejanas leyendas, hambrientos de monedas y gloria, escupieron al suelo y dijeron, "Estamos dispuestos a disputar la batalla si nos das, Marcelino, pan y vino".
Fuimos enviados a una lucha desigual, sin ninguna oportunidad de sobrevivir. Comprendí la masacre que se nos avecinaba nada más saltar al templo. El rugido que los dioses bramaron fue ensordecedor, muchos de los nuestros cayeron sin sentido, los que nos mantuvimos de pie fuimos cegados por el resplandor que emanaba de un extraño monolito rojiblanco que colgaba ingrávido sobre la atmósfera de aquel estadio. El destello, la energía, el impulso infinito que se adivinaba en aquella extraña arquitectura nos sobrecogió de temor a todos.Cuando se inició la contienda un efecto curioso aconteció en mí, mi miedo, el terror que instantes antes me dominaban tornó en un estado de bienestar y placer infinito. Comprendí que era un privilegiado y me dispuse a disfrutar del magnifico espectáculo que iniciado en aquellas gradas se trasladaba, de inmediato, al campo. Cada vez que tuve que ir a recoger el balón a las mallas no fue siquiera un momento de dolor, al contrario, fue un momento de gozo, de tranquilidad al entender que las cosas son como deben ser, como manda la Historia. Pude disfrutar de la transformación que en aquel equipo producía la energía que enviaban los miles de demiurgos que poblaban sus localidades. Y se obró el milagro, aquellos mediocres jugadores tornaron en aquellos míticos dioses del balón que habitan en ese cesped....el primer gol lo encaje por un remate acrobático de Pichichi....
El segundo producto de una diagonal de Gorostiza que culminó con un duro remate que se incrustó junto al palo derecho (véase foto).....el tercero fue resultado de un perfecto remate de cabeza de Zarra al recibir un magnífico centro de Gainza, al que llaman "Piru".....el cuarto fue una genialidad de la "pantera" que tras mil zigzagueos me coló, con un sutil toque, el balón entra las piernas....el quinto fue un envío con rosca desde la izquierda de un zarautzarra con acordeón que , en volea, remató un pequeño gnomo llamado Dani.....el resto los marcaron camisetas rojiblancas y botas sin rostro, sin nombre, que bailaban etéreas empujadas por el aliento de la grada que se asemejaba a un huracán....más de una vez tuve que agarrarme al palo para no salir despedido fuera del estadio....tal era la intensidad del momento.Al terminar la contienda , exhausto, con las lumbares destrozadas de las veces que tuve que rescatar el balón de las mallas, pero inmensamente feliz por haber sido testigo directo de la magia de ese templo, fui recompensado con el mejor de los tesoros. Uno de esos jugadores que todavía no tenía ni rostro ni casi nombre y que hoy tiene un sitio esperándole en el Olimpo, Aitor Ramos, me sonrió y me regaló su camiseta. Esa que hoy te entrego. (va por ti, Beti).
Espero que ahora, hijo mío, comprendas por qué he hecho todos estos preparativos. Por qué hoy con dolor me separo de ti y de tu madre y os envío a Bilbao, a vivir junto a ese templo. Es mi mejor regalo, mi auténtico tesoro, quiero que nazcas ahí y puedas, tal vez un día, pisar ese césped vestido de rojiblanco. Si llegas a ser , hijo mío, uno de esos jugadores sin cara ni nombre, convertido en un titán al sentir la fuerza y el ánimo de aquella entregada grada, si consigues sentir en tus venas el fuego del ser zurigorri, solo te pido, si eso sucede, hijo mío, que estés a la altura de lo que significa esa camiseta.Tu abuelo, que te quiere más que a su vida".
No sé....cuando los guardianes del sueño athleticzale me contaron esta historia durante mi viaje hoy a tierras gipuzkoanas no he podido menos que emocionarme. Tenía que haceros partícipes de ella.
Hoy, cada vez que Coltorti acuda a rescatar el balón de las mallas no podré menos que acordarme de él, de su hija Ginebra, del chocolate Milka que está divino y sobre todo, de ese Coltorti Junior a quién nuestros hijos animarán hasta la extenuación.














































