
Desde la Segunda Guerra Púnica, Italia no era más que un gran latifundio, en el que las mejores tierras se habían concentrado en unas pocas manos. Con la anexión de tierras muy fértiles en el extranjero comenzaron a llegar a Roma grandes cantidades de cereales a bajo precio. Los hombres que habían servido en la Legión ya no volvían al campo, no interesaba ser agricultor. Los campos, abandonados, eran vendidos por "cuatro sestercios" a la clase senatorial que eran los únicos que podían comprarlos. Creció el paro forzoso y hambriento que se refugió en Roma, una Roma anegada de gentes conformando un proletariado ocioso que se corrompía diariamente en busca de un subsidio.
Este era el panorama que Tiberio Graco pudo observar mientras crecía. El era miembro de una noble familia, los Sempronios, de bolsa llena, en monedas y prestigio, y de orgullo disparado. Como correspondía a su alcurnia había recibido una esmerada educación, y desde bien jovencito tuvo claro que debía destacar sobre todos y añadir renombre a su familia, "autorictas" y "virtus".

Era hijo de la más célebre Cornelia, y nieto por parte de madre del gran Escipión el Africano, el vencedor de Aníbal, ahí es nada. Su padre había sido censor y cónsul dos veces. El pobre Tiberio se quedó huérfano de padre siendo un crío, pero fue educado con mimo por su madre, la mujer más virtuosa que haya pisado Roma. En aquella casa a pesar de los enormes "posibles", similares a los del renano, se vivía sencillamente y sin lujos. Como anécdota recordad aquel día en que habiendo reunión de señoras romanas en casa de los Sempronio y ostentando ellas todas las alhajas que pudieron portar, pidieron a Cornelia que enseñara las suyas.....aquella egregia matrona romana mandó venir a sus dos hijos, Tiberio y Cayo, y dijo: "He aquí mis únicas joyas". Eso es una madre y una señora.
Siempre he tenido la sensación de que, en su juventud, Tiberio Graco abusó de la lectura de filósofos griegos y sus cuestionamientos existenciales y que fue un terrible error atreverse con los interminables legajos de su maestro en retórica, Cayo Pakito Lucio Pistonato. Aquello le marcó de tal manera que , como resultado de tanta lectura y tanta presión familiar por destacar, en su cabeza bullían ideas....muchas ideas....reformas y más reformas....sobre todo una interminable reforma agraria que de encabezarlas harían de él "el primer hombre de Roma".
A los treinta años , siempre es a esa edad, se sintió dispuesto para saltar a la arena política en busca del poder. No iba a ser fácil, sabía que enfrente tendría a los nobles y al Senado y ese deseo eterno de que todo siga siempre igual, sin cambios. A mayor honra del "mos maiorum".
Creyó ver claro el camino, apoyado por un pequeño grupo de senadores, pensó en convertirse en el primer noble "amigo de la plebe", el líder de los pobres. En el Senado a lo sumo hubiera podido liderar una facción de algunas decenas o centenas de hombres.....ahora podía ser el referente de decenas, de cientos de miles de fieles que le apoyarían ciegamente, mientras su discurso les diera esperanza. Apoyarse en la plebe, utilizarla como ariete contra el poder establecido, aunque tuviera que tirar de demagogia, fue su decisión. Ellos serían la llave para sacar adelante sus reformas y auparse al estrellato. "Ningún Sempronio volverá a llegar nunca tan lejos", pensó satisfecho.

Se presentó a la elección de tribuno de la plebe, el instrumento perfecto para sus fines. Desde ese cargo comenzó a legislar, intentando eliminar los derechos hereditarios, limitando el poder del Senado y ampliando el de la plebe, que casualmente era el suyo. Su "lex agraria" hizo mucha pupa entre los senadores y otras gentes de buen vivir. Los terratenientes le amenazaron con eliminarlo, él los amenazó con encender la plebe y lanzársela encima.
El combate había comenzado. Cuando preveía dificultades para aprobar una ley, llenaba Roma de campesinos y movilizaba a la plebe garrote en mano. Los senadores, por el contrario, usaban a sus tribunos para interponer el veto y que aquellas leyes ni siquiera se discutieran. Se iniciaron los tumultos. Empezó a correr la sangre.
En un principio logró su objetivo, sus leyes aprobadas y la comisión de triunviros encargados de aplicarlas formada por, casualidades, él mismo, su hermano y un amigo íntimo. El apoyo popular era enorme. Debía sentirse una especie de Dios. Nada era imposible.
Sus propuestas se radicalizaban cada vez más, para seguir obteniendo el apoyo de la plebe. Envalentonado quiso repetir como tribuno de la plebe al año siguiente, algo prohibido por la ley. Le avisaron de que no le consentirían ni una más. El día de las elecciones, Tiberio se presentó en el Foro vestido de luto, posiblemente intuyendo su inmediato futuro. Ni siquiera la ley marcial decretada pudo evitar la batalla campal. Uno de sus colegas, otro tribuno de la plebe, fue el primero en golpearle, luego siguieron otros muchos golpes, cayó apaleado. Su maestro de retórica, Cayo Pakito, pudo escapar ocultándose tras el último volumen de su obra inacabada. Así terminaron con la vida de Tiberio Graco y la de varios centenares de seguidores, arrojando su cadáver al Tíber. Era curiosamente, Junio del año 133 a.C. Por cierto, mientras eso ocurría, el pueblo, la plebe, que tanto le había aclamado se ocupaba de saquear su casa y la de los nobles que con él murieron. !Que curioso e imprevisible animal es la masa!. A la larga todos sus proyectos y leyes producidas fueron saboteadas, y finalmente el inefable Sila las anuló. !Ríe por última vez, Tiberio Graco, "el amigo de la plebe"!.
Vale, ha habido una tendencia acusada a ver en Tiberio Graco a un luchador por el pueblo, la antesala del socialismo, el primer sindicalista, etc....yo me apunto a manejar otras claves...las ansias de poder personal....el deseo de destacar....le animaron a elegir el camino que él creyó más corto para lograr fama y prestigio. Cometió el error o no, de conducir su proyecto desde una postura de demagogia y radicalidad, populista y callejera que terminó ocultando y haciendo inviables algunos de sus planteamientos que eran muy justos y razonables.

Pues bien, ayer, al leer lo que sucedió en la Junta de Accionistas de la Real y oyendo lo que me decían algunos furibundos badiolistas no pude menos que pensar en Tiberio Graco. Desde luego, no es que la semejanza sea absoluta, nada tienen que ver en procedencia y, me parece, que solo un poco en objetivos. Al fin y al cabo Tiberio Graco tenía el bolsillo lleno y eso le permitió llenar su cabeza de ideas y Badiola tiene la cabeza llena de ideas para intentar llenarse el bolsillo, sutil pero importante diferencia. Sin embargo, si que encuentro un hilo conductor entre ambos personajes, la disposición a enfrentarse al poder establecido usando a la plebe como ariete al objeto de lograr su beneficio personal. Demagogia y populismo a raudales. Ayer, los accionistas de la Real estaban con Badiola, enardecidos por su discurso, las acciones, en su contra. Qué paradoja, con accionistas y sin acciones.
Poner en solfa al presidente de la LFP, apuntar con el dedo acusador hacia gentes repletas de conexiones con el poder, la Diputación y la Kutxa, teniendo luego que pedirle sopitas a esas mismas instituciones para poder sobrevivir no parece muy inteligente. Es cierto. Pero me temo que ese no era el camino que, en realidad, Badiola quería tomar. El "no ascenso", sus repetidas y numerosas promesas incumplidas le han llevado a agitar ese fantasma para tratar de desviar la atención y conservar a las masas populares a su lado. Me temo que ha sido un craso error.
Esta mañana, ese irredento badiolista me ha dicho..."si los fácticos quieren tumbar a Badiola y presentan una moción de censura......llegaremos a las manos". Sonreí.
¿Qué cuerpo flotará, en breve, en el Urumea mientras la plebe agita los brazos enfurecida y le insulta a su paso?.