
No hablo de música y danzas, aunque nos encanta bailarles. Tampoco hablo de repostería, y eso que no hay mayor placer zurigorri que comértelos con un par de mordiscos y relamerte luego, satisfecho, los bigotes de león.
Hablo de la visita, este Sábado, de nuestro sempiterno enemigo rojiblanco. Ese rival que está instalado en el cerebro y en el corazón zurigorri desde el primer latido, casi desde el momento en que uno fue concebido.
Si duda el sentimiento que provoca el rival merengue es parte de nuestra genética. El gozo que produce verles hincar la rodilla es muy similar a lo que debe experimentarse en el paraíso, tras una vida de privaciones, rodeado de complacientes huríes.
Sí, el Madrid es para el Athletic lo que Roma fue para Cartago. Supone en la educación zurigorri lo que Jerjes y sus mareas de soldados suponían para el desarrollo de un niño espartano. La imagen que grabada a fuego en su piel le hace crecer, endurecerse, sacrificarse y pelear para un día no muy lejano participar también en la derrota del Imperio.
Y es que en el mundo zurigorri, según obligan las Leyes redactadas por nuestro particular Licurgo, a todo recién nacido se le examina minuciosamente y si se le observa cualquier querencia o debilidad merengue se le debe abandonar, de inmediato, a su suerte. Solo en casos muy especiales, como el del niño Pakito, se admiten algunas cojeras blancas.
Y a los siete años, cuando el niño zurigorri es separado finalmente de su madre para llevarlo, un Domingo por la tarde, por primera vez a San Mamés, comienza ese proceso de educación que le convertirá en un guerrero de élite, deseoso de enfrentarse a su tradicional enemigo, de rechazarlo con ese empuje frontal de su afición, capaz de hacer retroceder al más poderoso enemigo en el primer envite.

Y es que llega un día temprano en la vida del crío rojiblanco en el que, sin siquiera levantar todavía dos palmos del suelo, uno se hace consciente de la cara oculta de esa "grandeza blanca", del carácter ventajista de las victorias del enemigo de siempre. Bendito día es ese. Día que te permitirá disfrutar por décadas de cada herida provocada en combate al monstruo blanco. Sin odio, disfrutándolo con calma, paladeando cada victoria.
Así crecí yo como, seguro, crecimos muchos. Una infancia en la que creces con lo que ves, y sobre todo, con lo que escuchas y te cuentan. Uno, ya sabéis, tiene cierta tendencia a caer en la nostalgia, a ser presa del recuerdo. Así que la foto es en blanco y negro. Una de esas fotos que uno se imagina amarillentas y que se encuentra en todo álbum familiar que se precie. Esas en las que aparecen nuestros abuelos o padres, delgados y con pelo. Y es que mi primer recuerdo consciente de San Mamés está asociado a un 5-0 sobre el rival blanco, a principio de los setenta.

Todavía recuerdo aquellas sensaciones, cogidito de la mano de mi padre, el corazón acelerado, la emoción seguro dibujada en aquella cara infantil, cuando cruzas la puerta de acceso al campo y ese manto verde inunda, mojando , tus pupilas. El saludo de los compañeros de localidad de mi padre..."la primera vez que viene?...venga txabal....verás lo que vas a disfrutar".....Todo lo que te contaron está ahí, resumido en ese único instante.
Venían luego aquellos Lunes infantiles en los que marchábamos los gorriones, con nuestra primera camiseta rojiblanca, orgullosos, caminito del colegio. Lunes de juegos, intentando imitar, en los arcos de la Plaza Nueva, las estiradas del Txopo, los goles del Domingo anterior de Arieta, de Uriarte, de tantos otros.
Aquella infancia en la que incluso jugando al futbolín era una gozada tomar la manija del equipo rojiblanco (el que llevaba el pantalón negro, por supuesto, no el azul) y machacar al que iba de blanco.
Una infancia acunada con el lenguaje de los cuentos rojiblancos, de tantas historias bellas que acompañaron mis sueños. Orgulloso, desde la cuna, de esta camiseta. Compañero para siempre de ese Athletic, a veces, gigante, a veces, pobre y ciego.

Luego pasaron los años, llegó la juventud impregnada de farra y alcohol, época de abrazos, de gloria, de títulos, besos y fiesta. Y ahí estaba el Madrid....íntimamente ligado a nuestros sueños.....aquel 2-1 que casi significó una Liga....aquella jornada de un Domingo de Mayo imborrable, eterno, más pendiente de lo que hacían los merengues en Valencia que de nuestro triunfo por aplastamiento en las Islas. Aquella semifinal de Copa, épica, que dio paso a otro título. E incluso en las siguientes anodinas temporadas, tantas y tantas, en las que no teníamos posibilidades de alcanzar éxito alguno, lograr la victoria en el Bernabeu, verle doblar la rodilla en San Mamés al equipo blanco, justificaba casi todo el año.
Así, año a año, década a década, generación a generación, con la luz de cada victoria, y la oscuridad de cada derrota frente a este enemigo merengue se ha ido fraguando nuestro espíritu indomable.
¿Y qué espero el Sábado de este partido?...
Que sea una cuestión de orgullo. Una cuestión de honor, de principios, de corazón. El alma contra el cerebro. El equipo salpicado de individualidades contra las individualidades que saben formar un equipo. La tradición contra la sofisticación.
Por nuestra parte espero entrega, casta, empuje, coraje. Un equipo desbocado, sin frenos. Si no hay respuesta enfrente quiero ver al monstruo blanco diluirse, empequeñecerse, deshacerse en nuestras fauces. Y si hay respuesta orgullosa al otro lado, que puede haberla, quiero ver a mi equipo dispuestos a convertir el partido en un ida y vuelta constante, un intercambio de golpes descarnado y noble.
Sé que si es así, si hay respuesta al otro lado, nuestras posibilidades se reducen, pero ya no trago por un partido pobre, escaso, temeroso, de guardar la ropa e intentar asegurarse un punto. Ya no. Tras el pasado Miércoles, no. Ahora quiero un partido que resulte, épico, extraordinario, generoso y vibrante.

"Y los tambores de guerra retumbaron de nuevo, como antaño". Algo como eso. Pienso en la jornada de ese Miércoles que ya es eterno y me emociona recordar el modo en que rugió La Catedral durante esos 90 minutos. Lanzándose cuchillo entre los dientes, al abordaje. Todavía me estremezco recordando el alborozo con que cada hincha se abrazaba al que ocupaba el asiento contiguo en el momento supremo del gol. Quiero volver a sentir esa simbiosis única.
Un Miércoles que nos devolvió la sonrisa y la fe. Fe en el Athletic de toda la vida. Nuestro Athletic. Este Sábado quiero otro auto de fe. Quiero ver pelear por cada balón como si fuera el último. Si así resulta, la grada, de nuevo, rugirá en defensa de su equipo, dispuesta a pelear por él y con él.
Si el equipo se entrega, la afición cumplirá su cometido, sumará, en el fragor de la batalla, el griterío, esos pulmones inmensos gritando "athletic, athletic, athletic!!!", la presión arrasadora, el apoyo incondicional, abrumador. Nuestra Santísima Trinidad, "lucha, compromiso y afición". El ADN del león de San Mamés.
Admitámoslo, los años de "educación espartana" pasando hambre de títulos y sufriendo el frío de la sombra del descenso, corriendo descalzos entre las piedras del aburrimiento, recibiendo los latigazos de la ignominia han hecho crecer un ejército de zurigorris ávidos de victoria. Es hora ya de saciar el hambre acumulada.
Por eso a nuestros guerreros solo podemos decirles lo que las madres espartanas decían a sus hijos al verlos partir hacia el campo de batalla: "Hijo, vuelve con tu escudo o sobre él".
Aupa Athletic!!!