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jueves, 4 de diciembre de 2008

Alexis de Tocqueville

A falta de temas serios de los que hablar (si algún administrador del blog quiere dedicar una entrada al culebrón del Levante o al gilipoyas del dandy donostiarra que se cree aristócrata que lo haga; yo paso) os voy a castigar con una entrada atemporal anunciada hace tiempo que no tiene -en principio- nada que ver con el fútbol.

El historiador y político francés, Alexis de Tocqueville, es famoso por dos obras que se han convertido en clásicos de la historia del pensamiento político: Su “Historia de la democracia en América” y la inconclusa “El Antiguo Régimen”.

Como no hay que vivir solo de fútbol (de hecho, si viviéramos solo de fútbol, desde que se fue Valverde hubiéramos podido morir de inanición varias veces) voy a soltaros una nada breve disertación sobre las tesis que el bueno de Alexis expone en la segunda obra citada.

Adelanto que finalmente no voy a relacionar a Tocqueville con los estatutos del Athletic. Creo que para eso encaja mejor Montesquieu, a quien dedicaré (D.v.) otra entrada antes de la asamblea del 16.

La originalidad de Tocqueville

Lo que marca la originalidad del análisis que Tocqueville hace del Ancien Regime y la Revolución, es que no considera a esta última como una ruptura con el anterior.

El Antiguo Régimen sería una descomposición del sistema aristocrático feudal. Esa descomposición había sido mayor en Francia que en ninguna otra parte. Por eso la Revolución tiene lugar en Francia: donde el sistema estaba más descompuesto es dónde se había vuelto más impopular. Por lo tanto, hay una fuerza corruptora que allana el camino a lo largo de los años, una subversión inicial más fundamental que prepara el camino de la Revolución, que fue solo la convulsión final. El Ancien Regime ocultaría tras la fachada de la tradición, el trabajo de la subversión.

¿En qué consistía esa descomposición?

Pues en que la propia evolución, en lo político, del estado feudal al estado centralizado propio del A.R., había mantenido los privilegios de la nobleza pero al mismo tiempo la había vaciado de contenido. El poder real pasa a manos del Rey y de su burocracia, sin papel real alguno para la nobleza, meros satélites ornamentales del soberano. Se mantienen los privilegios, pero sin que haya ninguna reciprocidad de obligaciones. Así, el A.R. había dejado de ser aristocrático pero sin convertirse por ello en democrático.

Este vaciamiento de atribuciones y poderes de la aristocracia no lleva consigo el desprestigio social. Al contrario: la nobleza tiende hacer de su inutilidad social un negocio espectacular, puesto que no deja de vender al mejor postor la entrada a esos cuerpos inútiles pero que dan prestigio a sus miembros.

Como consecuencia de ello, la nobleza pierde a la vez su principio –la sangre- y su función –el servicio público- pasando de convertirse en una aristocracia para convertirse en una casta, y a medida que los diferentes estatutos sociales son cada vez menos diferentes en términos reales, tienen cada vez más valor simbólico en términos de amor propio. Y como el reverso del amor propio es la envidia, queda servido el rencor y el odio entre castas.

Así, Tocqueville puede titular los dos capítulos que forman el núcleo de su obra de esta forma:

“Capítulo 8: Que Francia era el país en el que los hombres se habían vuelto los más semejantes entre ellos”

“Capítulo 9: De cómo esos hombres tan semejantes estaban más separados que nunca en pequeños grupos extraños e indiferentes unos a otros”

El Gran Engaño

En suma: el Antiguo Régimen es un sistema corroído por una dinámica paradójica. El Estado centralizado no cesa de destruir una realidad cuya ilusión reconstruye sin cesar. La antigua sociedad aristocrática no es más que una fachada meticulosamente mantenida, continuamente retocada y adornada con nuevos elementos, pero cuyos motivos no corresponden ya a ninguna otra función que la de enviar dinero al Tesoro Real.

Así el Antiguo Régimen está hecho de una patología de la desigualdad y de un aborto de igualdad. Ha deshonrado a la aristocracia sin abrir el menor espacio a la democracia.

Revolución y Religión

Tocqueville también analiza el papel de la religión tradicional en todo esto. Es sabido que esta cayó en desprestigio durante la Revolución, que la consideraba superstición. Incluso Robespierre (aunque me adelanto: Tocqueville no llegó hasta él en su inconclusa obra) la sustituyó por el culto a la “diosa razón”.

Pero Tocqueville opina que eso fue un error: para él, la idea democrática nace del cristianismo, y esa filiación puede vivir en armonía, como demuestra el caso americano.

En cualquier caso, Tocqueville considera inocente a la religión tradicional, y cree que no por el hecho de haber estado estrechamente aliada al Antiguo Régimen deba por ello caer con él. Antes bien, opina que al querer sustituir a algo tan enraizado se priva al espíritu de todo punto de anclaje y se abre la vía a una deriva destructiva, riesgo que ya de por sí tiene toda revolución.

Conclusión

Al acabar el primer tomo de esta obra, único que pudo terminar antes de morir, Tocqueville llega hasta 1789. No sabemos pues cómo hubiera continuado su análisis. Pero sí sabemos que él consideraba irreversible el advenimiento de la democracia, ya que ese es el sentido de la historia moderna.

Pero esa democracia puede estar, o no, ligada a la división de la sociedad. Para Tocqueville la democracia puede adoptar dos modelos:

1) El de nación unida contra el despotismo.
2) Revancha del espíritu de clases y fin de la libertad.

Tocqueville llegó hasta 1789. Yo dejo esta entrada aquí. Macua ha convocado los Estados Generales para el 16 de diciembre. Ya hablaremos.



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