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jueves, 31 de marzo de 2022

Grada de animación

No: no están detrás de una portería
No: no están detrás de una portería

Dentro de una semana, el siete de abril, tendrá lugar en el Euskalduna la Asamblea General Extraordinaria para debatir la Grada de Animación.

Los argumentos a favor y el entusiasmo que al explicármelos puso mi pilier de cabecera tiempo ha, han conseguido que a pesar de mi rechazo instintivo haya intentado tomarme este asunto con una mentalidad abierta, pero aún así no puedo evitar decirlo claramente: estoy en contra.

Por ponerlo claro: se nos propone una solución drástica, injusta, polémica y susceptible de crear una gran división social, a un problema... que no existe.

Atribuyen al Dr. Goebbels, el siniestro ministro de propaganda nazi, la cita de "Una frase repetida cien veces se convierte en verdad". Pues yo me siento así exactamente en relación con el mantra de "En el nuevo San Mamés no se anima".

Lo curioso es que uno de los que repite que tenemos un problema con la animación es nuestro presidente, que es el mismo presidente que se ha hartado de repetir hasta la saciedad, durante lo peor de la pandemia, que éramos el equipo más perjudicado por jugar a puerta cerrada, que San Mamés es el estadio que da más puntos. ¿En qué quedamos? ¿Cómo nos puede perjudicar juagar a puerta cerrada si parecemos un teatro de ópera? Perjudicados serían esos maravillosos estadios que nos ponen como modelo al que parece que hay que replicar, esos templos del megáfono machacón y las coreografías de espaldas al terreno de juego ante los que babean algunos y que se parecen tanto a nuestro estilo como un huevo a una castaña.

Se nos dice que hay que unir a los grupos de cuarentones que gozan ya del privilegio de pagar menos por la misma localidad, con los jóvenes del Gazte Abono. Eso se hizo en otros lugares (Valencia, por ejemplo) y el resultado es que los chavales han sido atraídos al lado oscuro de grupos no del todo limpios que estaban en trance de desaparición o al menos decadencia, y que ven ahora como se han perpetuado gracias a la aportación de carne fresa a la que han podido modelar. Es cierto que nuestros grupos son bastante menos cafres que los de otros equipos, pero eso no quiere decir que sean unos querubines. No voy a entrar en detalles porque no se trata de tirarnos trastos entre nosotros, pero cualquiera que me lea tendrá sus propios recuerdos.

Sin entrar por lo tanto al detalle, sí voy a decir un par de cosas:

  • Que esos grupos a veces tienen su propia agenda y sus propios objetivos, ajenos al Athletic en sí, y que cuando ambos intereses colisionan a menudo prevalece el particular sobre el colectivo.
  • Que cuando estaban detrás de la portería nos cerraron el campo varias veces, cosa que se ha corregido desde que les pasaron a una esquina. Eso, lo de la esquina, se le suele reprochar a Urrutia, cuando creo recordar que fue una recomendación de la Ertzaintza, recomendación que la disminución de incidentes parece avalar.

Esto nos lleva a que quieren estar detrás de la portería, y no en el corner. Perjudicando gravemente a los socios ubicados allí en estos momentos. ¡Claro! Es que es por el bien del Athletic, dicen. No soy un experto en acústica, pero no acabo de entender por qué los gritos de apoyo al equipo son más efectivos dependiendo de que procedan de detrás de una portería o de una esquina. Tampoco entiendo por qué concentrar a la hinchada presuntamente más animosa es mejor que crear dos o tres pulmones. Con la separación en dos zonas, por ejemplo, ¿No se favorece que se releven una a la otra? ¿Qué compitan entre sí (en el buen sentido)? ¿Qué se cree variedad de gritos y estilos de animación? ¿O es que precisamente lo que se busca es la uniformidad, la homogenización al dictado de unos "elegidos"?

¿De verdad todo esto se sostiene después de ver cómo se anima en San Mamés desde que está operativa la grada joven de sur alta? Yo he vivido noches de animación maravillosas este año, sin necesidad de reubicar a la masa social ni hacer nada de lo que nos quieren vender como poco menos que imprescindible.

¿Hay margen de mejora? Sí. Aunque en mi opinión se trata más de hacer menos que de hacer más. Hay una serie de iniciativas bienintencionadas que yo creo que son contraproducentes. Lo de la txalaparta, por ejemplo. La idea en sí suena bonita: el sonido de la txalaparta es muy evocador (aunque habría que ajustar el volumen: a veces es demasiado alto para la salud auditiva) pero al igual que el megáfono y otras cosas quita espontaneidad, que para mí es un valor superior. Mientras suena la txalaparta el campo enmudece. Y lo mismo es aplicable a otras cosas. La animación a base de forzar los decibelios que es capaz de alcanzar nuestro sistema de megafonía es algo artificial, que está al alcance de cualquiera y por lo tanto dudo de que sea algo que marque diferencias en algún sentido positivo. ¿Os acordáis de la eliminatoria de copa contra el Sevilla en el viejo San Mamés? Un cuarto de hora antes de empezar el partido el campo ya era un volcán: desde el Sagrado Corazón ya se oían los gritos de ánimo como si estuviéramos remontando en una prórroga. Hoy, entre las luces discotequeras, la txalaparta y el exceso de megafonía ¿hubiera sido eso posible? Y "eso" es lo que para mí es animar: cada athleticzale del campo implicado, sin delegar en el del megáfono, los de la txalaparta, el speaker ni los de las bocinas. Eso es lo que sí marca la diferencia.

La diferencia... Cada temporada hay alguien que nos hace sacar pecho por las cosas que dice de San Mamés. Desde la danesa del hermano del renano, que flipó cuando el KKK le llevó a San Mamés, al árbitro que pide a la federación que su partido de despedida se juegue en la catedral, pasando por entrenadores, jugadores e hinchas de equipos que nos visitan: son legión los que nos dicen que somos algo con una personalidad admirable.

Por eso, y porque llevo 50 años yendo a San Mamés, me duele especialmente que en vez de apostar por lo nuestro unos papanatas de tres al cuarto se queden babeando ante lo que hacen en Dusseldorf, Liverpool o incluso en Donostia. ¿Nos hemos vuelto locos? No digo que por ejemplo en dos de los tres sitios mencionados no se lo monten bien, pero niego que tengamos que copiar a nadie. ¡Qué nos copien ellos, cojones, que tenemos nuestro propio estilo! Ese estilo que cuando viajábamos con el equipo nos hacía despreciar a los que confundían animar con dar la matraca con lo que en música llamarían un "bajo continúo" de megáfonos, tambores y ruido: eso no es animar; al menos no lo ha sido en San Mamés. Inoiz ez, nunca, never, jamais.

En resumen: no tenemos ningún problema, salvo el egoísmo de unos, el papanatismo de otros y la ingenuidad de muchos que se están creyendo las monsergas de la táctica goebbelsiana arriba mencionada.

Egoísmo de los que quieren erigirse en grupo de aficionados pata negra con privilegios a costa de reubicarnos a todos los socios (tremenda caja de Pandora que no hay que abrir) o jorobar, directamente, a los socios de norte baja.

Papanatismo de los acomplejados que defienden que tenemos que copiar a otros en lugar de apostar por nosotros mismos. Como diría Unamuno: ¡Qué nos copien ellos, coño!

¿Facilidades para que los jóvenes vayan a San Mamés a precios asequibles? ¡Todas! ¿Aprobar este gravoso e innecesario proyecto basado en una propaganda tan machacona como irreal? ¡Ni hablar!

Por terminar con la animación, ojo con las luces de discoteca y las bandas de tela zurigorri: esas cosas funcionan cuando no se hacen siempre. Convertirlas en rutina les quitan todo valor.

Espero que a pesar de que hablo claro los muchos que legítimamente discreparán no se cabreen demasiado. Lo más gordo que he escrito es la palabra "egoísmo", que es de lo que los defensores de este peregrino proyecto acusan a los socios de Norte Baja que no quieren inmolarse para esta "no solución" a un "no problema". Y al fin y al cabo, no he llamado hijoputa a nadie. Ni siquiera a los que a veces me lo llaman a mí, socio de tribuna principal (y a mucha honra) de forma coral.

P.S. He omitido comentar lo que dicen algunos jugadores sobre este asunto. No le doy ningún valor.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La Catedral cumple cien años


Miguel de Unamuno publicó en 1913 Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Escribe el filósofo bilbaino en esta obra que 'todo lo vital es antirracional, no ya sólo irracional, y todo lo racional, antivital'. Aseguran los expertos que para escribir este libro Unamuno bebió en las fuentes de eminentes figuras del pensamiento como Søren Kierkegaard o de la espiritualidad como San Ignacio de Loyola. No obstante, quizás hubiera que buscar entre sus influencias algo mucho más prosaico: el futbol, o, para ser más precisos, el Athletic.

Sin el menor sustento documental que avale dicha hipótesis, supongamos que bien pudo ocurrir que hasta Salamanca, en cuya universidad era rector, a Unamuno le llegaban, procedentes de su villa natal, noticias en torno a la pasión (antirracional) que un deporte llamado football levantaba entre jóvenes y mayores, entre burgueses y proletarios. Yendo un poco más allá, podemos imaginar que en la hipotética misiva, le contaban que su sobrino Rafael Moreno Aranzadi, a quien todos llamaban Pichichi, formaba parte de la plantilla de jugadores de esa locura llamada Athletic Club de la que sus paisanos no paraban de hablar. 'Efectivamente', debió pensar don Miguel mientras doblaba la carta en la que era puesto al corriente de aquel estado de embriaguez colectiva en que dicho club sportivo había sumido a los bilbaínos, 'todo lo vital es antirracional'.

La vitalidad de la afición al futbol en Bilbao era un hecho en los inicios del siglo XX. Desde que fuera fundado el Athletic Club, no había dejado de crecer el número de personas que acudían al campo de Lamiaco a presenciar los partidos. El desplazamiento desde la Villa, de donde procedía el grueso de la afición, se hacía largo y, a pesar de que en 1905 se introdujo alguna comodidad, como la posibilidad de comprar conjuntamente la entrada para el futbol y el billete de tren, el viaje suponía algún que otro riesgo añadido y es que, al no haber allí estación o apeadero alguno, no eran pocos los que se bajaban del tren en marcha. La necesidad de encontrar un campo en Bilbao, que evitara todos los inconvenientes a los que se enfrentaban aquellos cinco millares de espectadores que solían acudir hasta Lamiaco, fue perentoria después de ganar la Copa de 1910. El campeonato iba acompañado de la responsabilidad de organizar la edición del año siguiente y se consideró que aquel campo, además de lejano y mal comunicado, se quedaba pequeño ante el enorme crecimiento del número de aficionados. A lo máximo que pudo llegar el Athletic en ese momento fue a alcanzar una solución provisional: el campo de Jolaseta, con mayor aforo, aunque también alejado para aquella ingente cantidad de devotos futboleros. Pero la determinación por conseguir un campo de futbol en Bilbao era grande, tanto como para desembocar en una decisión histórica. El 10 de diciembre de 1912, en Junta General Extraordinaria del Athletic decide que esa perseguida aspiración se haría realidad en los terrenos del antiguo Convento de San Mamés.

Manuel María Smith, renombrado arquitecto de la época, se hizo cargo del proyecto, que inicialmente se presupuestó en la nada despreciable cantidad de 50.000 pesetas. Era tan poderoso el anhelo por construir un nuevo campo que fueron muchos los que contribuyeron a sufragarlo. Mediante suscripción popular se cubrió buena parte del presupuesto original, concretamente 40.770 pesetas, y con un préstamo que algunas personalidades relevantes de la sociedad bilbaina concedieron al club se cubrió el coste total de la construcción, que finalmente se cifraría en torno a las 80.000 pesetas. Las obras comenzaron el 20 de enero de 1913. El campo constaba de dos tribunas, una principal cubierta y otra, enfrente, sin techo, para cobijar a 10.000 espectadores. Un campo grande, muy cercano a lo que por aquel entonces se proyectaba como el  ensanche de Bilbao, pero a la vez, a decir de quienes lo conocieron entonces, elegante y enclavado en medio de un entorno pintoresco: rodeado de campas trufadas por algún que otro caserío y situado entre la Casa de Misericordia y el Convento de Capuchinos. La inauguración del nuevo campo de futbol de San Mamés tuvo lugar entre gran expectación y ambiente. He aquí un extracto de la crónica que publicaría El porvenir vasco al día siguiente:
Como único número en los festejos figuraba ayer en el programa la inauguración del campo de football del Athletic Club, y puede decirse que ha sido de los que con mayor brillantez se han celebrado. Puede ufanarse hoy el Athletic Club de tener un campo de football magnífico, elegantísimo, en el que están atendidas admirablemente todas las necesidades que esa clase de campos requiere, y como no habrá otro en España. Un gran acierto de la simpática sociedad sportiva ha sido la construcción de este campo, pues así dará más facilidades al público bilbaíno, en el que cada día reina más afición al football, para presenciar los interesantes matchs que organicen y en los que siempre harán un lucido papel los equipiers del Athletic. Además supieron elegir muy bien el campo, puesto que este está situado en uno de los sitios más pintorescos de la Villa. Como se esperaba, dadas las grandes simpatías de que goza el Athletic y la atracción del partido, la inauguración de dicho campo de football resultó brillantísima. Allí se dió cita toda nuestra buena y elegante sociedad. La concurrencia fue verdaderamente extraordinaria, por lo que el campo presentaba un animadísimo y encantador aspecto.
A las cinco horas y veinte minutos de aquel jueves 21 de agosto de 1913 el balón empezó a rodar por vez primera sobre el césped de San Mamés. Disputaban el choque inaugural el campeón de España, el Racing Club de Irún, y el anfitrión, el Athletic Club. A los pocos minutos de iniciarse el partido, Pichichi marcó el primer gol. El primero que celebrarían alborozados los espectadores de San Mamés. El primero de los miles de goles que serían ruidosamente festejados a lo largo de los cien años siguientes.


A partir de la misma fecha de la inauguración, San Mamés ha estado asociado en todo momento a la sensación de que el campo se quedaba pequeño. Dicha impresión existía en 1923, cuando se inicia una primera remodelación que concluye con una ampliación del aforo hasta las 16.000 localidades, y siguió existiendo durante muchos años, hasta que en 1953 se acometió una reforma estructural que no sólo dotó a San Mamés de mayor capacidad, sino que, además, aportó a la historia del Athletic uno de sus símbolos más reconocibles: el imponente arco de hierro que se alzaba sobre la misma tribuna principal cuyo peso soportaba. La construcción del resto de las tribunas en 1956 (sur), 1962 (norte) y 1972 (este), dando cobijo a un número de aficionados cada vez mayor, no fue, sin embargo, el remate final a la evolución de un campo que ya era comúnmente conocido como La Catedral.


Con motivo de la elección de Bilbao como una de las sedes del Campeonato del Mundo que se disputaría durante el verano de 1982, San Mamés vive su última gran remodelación y que junto a algunas reformas menores posteriores, ha dado forma a La Catedral en esta última etapa de su longeva vida.

Para un espectador neutral estas reformas no han sido otra cosa que una evolución a base de hormigón, hierro y plástico de aquella obra que hoy hace cien años que se inauguró. Una adaptación racional al discurrir de los tiempos. Sin embargo, hace apenas un par de meses, multitud de aficionados del Athletic experimentaron en sus propias carnes esa mezcla unamuniana de irracionalidad y vitalidad al despedirse de San Mamés a pocos días del inicio de su demolición. Más que de un inmueble, más que de un enorme y vetusto objeto inanimado, parecía que fuera la despidida de un familiar o de un amigo muy cercano. La Catedral, por alguna causa alejada de la razón, se ha convertido en un gigantesco contenedor de sentimientos. Durante aquellos días, en los que proliferaron los reportajes en la prensa, los programas de televisión o los documentales sobre la casi centenaria historia de San Mamés, pudieron leerse o escucharse infinidad de testimonios de personas que trataban de explicar qué había significado para ellos el campo del  Athletic: muchos recordaban a su padre o a su abuelo, con quien fueron por vez primera a La Catedral, otros repasaban los momentos de gloria deportiva allí disfrutados, un partido, una jugada, un gol,... pero si hay que quedarse con un testimonio que encierra la verdadera esencia de la vitalidad antirracional posiblemente sería el de un espectador que, sensu contrario, no habla de lo más sencillo de recordar, los familiares, los triunfos, sino que echa la vista atrás y suspira: 'Es que San Mamés ha sido muy especial y mira que aquí hemos sufrido más que la órdiga...' 

Sam Mamés cumple cien años. Así es, los cumple porque hoy aún resiste un pequeño vestigio de las que fueron sus gradas. Y también los cumple porque, de forma análoga al origen de la bíblica Eva, que fue creada a partir de una costilla de Adán, el nuevo estadio de San Mamés nace de una parte del terreno del viejo campo. Es por ello que La Catedral no sólo cumple hoy un siglo de existencia, sino que aún le queda una larga vida por delante.



Anexo: Aquí os dejo esta aplicación en la que se puede rememorar lo que fueron las gradas de San Mamés hasta hace pocos meses. Pinchando sobre la imagen, esta va girando y utilizando la herramienta de la izquierda, se puede acercar o alejar. Ahora que esas gradas ya no existen, una buena forma de recordarlas para los nostálgicos.