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domingo, 20 de enero de 2008

Jaque mate!...


Demasiado pronto. Tuviste que jugar tu última partida demasiado pronto. Y la vida, feroz contrincante, demasiado pronto, te dio jaque mate. Con tan solo 64 años, las mismas casillas que tiene un tablero, Bobby Fischer, el mejor ajedrecista de todos los tiempos, ha fallecido. Hoy, las piezas blancas no inician el juego, todas las piezas del ajedrez lucen negras.

Fui de esos niños que comenzaba a mover el elegante alfil, la sólida torre o la romántica reina justo cuando se hablaba de la “partida del siglo”, aquel enfrentamiento tuyo contra la escuela soviética. Tu leyenda hizo que nos interesáramos en los libros de ajedrez, gracias a ti supimos qué era la defensa india de rey o la variante vienesa, y lograste que, por un tiempo, el universo no girara, exclusivamente, alrededor de un balón.

El empeño por seguir y analizar tus partidas también nos proporcionó una valiosísima lección. Ni juntando todas nuestras juveniles neuronas alcanzaríamos el nivel de una de las tuyas. Una práctica lección de humildad, en la que tú, víctima de un cociente intelectual superior al de Einstein, nunca recabaste.

Supe que, con poco más de cuatro años, tu hermana te regaló tu primer ajedrez, y que, sin ayuda, solo con el libro de instrucciones aprendiste los fundamentos de ese juego que es imitación de la vida. A los seis años ya ganabas torneos. A los catorce eras campeón del abierto de EEUU, ganándolo cada vez que decidías defender el título. Gran maestro internacional a los quince años, y poco tiempo después, batías a veinte grandes maestros de forma consecutiva. Byrne, después de perder contigo solo pudo decir “Este niño es un diablo”. En solo veintiún movimientos pulverizaste a Bankö. Delató tu personalidad lo que le dijiste a Tahl, campeón mundial, tras terminar la partida, “usted no juega mal”, tenías diecinueve años.

Revolucionaste el ajedrez, la maldita costumbre de aceptar tablas rápidas con negras pasó a mejor vida. Tú solo querías ganar. Tanto en el ajedrez como en la vida nunca aceptaste un pacto. Para bien y para mal.

Y llegó aquel año 1972 en el que te proclamaste campeón del mundo frente a Spassky. El genio, el talento desbordante, frente a la fría solidez de la escuela soviética. No hubo color. Lamentablemente, la política, como siempre, supo utilizarte. Aquel campeonato se convirtió en un episodio más de la Guerra Fría. Posteriormente leí que las presiones que Spassky tuvo que soportar por parte del Partido Comunista hicieron que el pobre Boris solo quisiera que aquello terminara cuanto antes y marchar. Supongo que presiones parecidas a aquellas a las que te sometió Kissinger. Con el triunfo pasaste a ser héroe nacional, de “Mozart del ajedrez” a “vencedor de los comunistas”. Fuiste Rey y peón al mismo tiempo, como tantos otros.

Lo cierto es que algo se rompió en aquel momento. El jugador brillante, genial, espontáneo y visceral dio paso al individuo retorcido y excéntrico, antisemita, paranoico y solitario. Encerrado en un cuarto lleno de libros de ajedrez y naranjas, jugando contra ti mismo porque hacerlo contra los demás te aburría. Incapaz de sujetar tus demonios, éstos terminaron por dañar un cerebro privilegiado.

No volviste a jugar una sola partida oficial, tal vez, consecuencia del miedo escénico, del miedo a perder, del terror que produce no volver a estar a la altura de la perfección ya alcanzada. Solías decir que “en último lugar todo se decide por la clase”. Esa que te sobró en un tablero y que te faltó, a veces, fuera de él.

En el año 1992 aceptaste, finalmente, rememorar tu enfrentamiento con Spassky. El encuentro sería en Yugoslavia. Venciste de nuevo. Quienes te utilizaron veinte años antes para sus guerras particulares ahora te acusaron de traidor y pasaste a engrosar las listas de perseguidos del FBI y la CIA como si fueras un peligro público. Todo por desempeñar una “acción económica” en un país entonces “bloqueado” por el tuyo. Qué ridículo.

Te obligaron a esconderte de nuevo. Tu última “defensa” la planteaste en Islandia, donde, ayer, te alcanzó la muerte. Feliz partida, Bobby.


PD: Espero benevolencia de los máximos accionistas de este blog. Ya sé que la temática se aleja de los Principios Fundamentales de esta casa, pero estoy seguro que alguno de los selectos clientes de este rincón, si se les da la oportunidad, sabrán encauzarlo convenientemente.